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GUSTAVO A. GIRADO

Cargo: Director/Coordinador del Observatorio Asia Pacífico, Profesor

Empresa: ASIA & ARGENTINA

Área: Economía internacional, Asia Pacífico

Ciudad: Buenos Aires

La nueva densidad institucional de América Latina frente a China

Las cámaras binacionales desempeñan un rol cada vez más influyente. Impulsan alianzas entre empresas privadas, abren mercados para las PyMes y son un actor clave para la participación en ferias internacionales. Algunas, incluso, impulsan la firma de Trata

Gustavo Girado | 22 Mayo del 2014
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Autor imagen: GG

Me propongo presentar algunos apuntes sobre el marco institucional que va a rodear los profundos cambios que se avecinan en la relación entre China y las economías latinoamericanas. Claro que antes, para ver mejor, necesito alejarme del árbol unos metros, tomar distancia y apreciar el bosque.

Cuando el ex premier chino Hu Jintao visitó varios países latinoamericanos, a mediados de la década pasada (con Cuba, Brasil y la Argentina al tope de la agenda), se abonó el camino para Acuerdos Estratégicos que, a esta altura, la República Popular China firmó con las economías más grandes de la región. Este progreso en la relación bilateral se afianzó, de a poco, con un comercio más intenso y vínculos de mediano y largo plazo a través de inversiones.

Sólo con China, el comercio se multiplicó por 21 entre 2000 y 2012, pasando de poco más de us$ 12.000 millones a us$ 250.000 millones. Durante casi toda la primera década, el crecimiento del gigante asiático se tradujo en una activa demanda de materias primas y recursos naturales de todo el mundo, pero que, en gran parte, proviene de las naciones de América Latina y el Caribe.

El hecho que de un lado esté una economía muy dinámica, pero con un régimen de partido único, hace que uno de los actores de las negociaciones siempre sea el Estado, presente en casi toda la economía china, en especial donde se concentra el interés de su relación con Latinoamérica: energía, infraestructura y alimentos. Ahí las empresas mixtas y privadas chinas tienen poco espacio, y es su Estado, en definitiva, el que negocia con Latinoamérica vía sus corporaciones, lo que incluye logística y financiamiento.

Ahora bien, ¿quiénes son sus interlocutores? Con matices, las democracias latinas de mercado son, a través de sus empresas, las que se sientan en la mesa para atender sus negocios de compraventa con chinos y/o los temas de inversiones recíprocas. Los gobiernos de la región pisan fuerte al definir los temas estratégicos, pero hoy por hoy es el sector privado latinoamericano el que impulsa la dinámica comercial con China, y cada uno respondiendo a sus propios intereses. El dilema aparece inmediatamente: ¿cómo negociar de igual a igual entre una empresa privada -por un lado- y una estatal, que es de las más grandes del mundo? ¿Cómo aprovechar el interés que hay sobre China de tantas empresas, si tienen intereses divergentes? Aquí el rol de las Cámaras crece de forma exponencial.

Tanto el creciente comercio bilateral, como el mayor volumen de inversiones recíprocas, ha sido ampliamente apuntalado por el trabajo paciente, sistemático y especializado de las Cámaras de Comercio bilaterales que, en cada economía latina, ha sido diferente en virtud que representan intereses privados. Las Cámaras se han constituido en la entidad que consigue aunar la mayor cantidad de intereses comunes a las empresas que se relacionan con China, hacen de “abrepuertas” para las PyMes, impulsan las alianzas entre empresas privadas, los acuerdos de tipo joint ventures, y alientan esquemas de negociación que, claro, son diferentes para cada caso dada las necesidades particulares, antigüedad y experiencia en este tipo de gestión institucional. No sólo eso, ya que su rol en las misiones comerciales es esencial, y la gestión para la participación en múltiples ferias internacionales en Oriente las convierte en un actor imprescindible. Vale recordar también las dificultades que encuentran las empresas occidentales a la hora de negociar con los reyes del comercio en su propio territorio, idioma y geografía. Esto las vuelve influyentes.

Por caso, la Cámara Chileno-China tiene antigüedad, experiencia y defendió e impulsó el TLC firmado entre ambas naciones. Pero la antigüedad no dice mucho a la hora de impulsar acuerdos: la Cámara Peruano-China surgió en 2001 (creada especialmente por empresarios chinos residentes en Perú) y ya en 2009 había conseguido que el gobierno peruano firmara el segundo TLC regional con China, y la costarricense fue creada en 2007 y el TLC se firmó apenas tres años después. Claramente los intereses locales son determinantes para los funcionamientos institucionales y la definición de sus objetivos.

En cambio, las Cámaras binacionales en Brasil y Argentina representan intereses muy importantes, ya que el hecho de pertenecer al Mercosur condiciona las decisiones institucionales y su eventual apoyo a un TLC, en todo caso, sería (y es) muy difícil de impulsar dado los perfiles de desarrollo que están tratando de apuntalar. En suma, la mayor institucionalidad que pueden brindar las Cámaras latinas en la relación con China parece funcional a los intereses de las empresas que representan y, por qué no, también a China. Como se acaba de presentar para el caso argentino, la ausencia de una entidad que pueda unificar la voz del proveedor permite que el gobierno chino insinúe la necesidad de contar con interlocutores estatales a la hora de asegurarse su abastecimiento futuro de alimentos de calidad, a largo plazo y con precios estables.

La reaparición en Argentina de la discusión sobre la re-emergencia de las Juntas de Granos (borradas del mapa de la vida política en los 90) como una necesidad para gestionar la oferta con criterios más convenientes para el conjunto social, no responde sólo a una necesidad del gobierno argentino, sino también a un interés del gobierno chino de impulsar negociaciones Estado – Estado.

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