21 de Septiembre de 2018| Última actualización 00:35 GMT

Brexit: Los costos del “nacionalismo británico”

Antonio López Crespo | 10 Julio del 2018
Brexit

Autor imagen: Foto cortesía

En una fuga suicida “hacia adelante”, los miembros del gabinete británico duramente enfrentados entre sí, buscan culpables. Para unos, son los principales Brexiteers naci-populistas; para otros, los que no se animan a romper con Europa. Pero en ningún caso ellos mismos.

A medida que la “fantasía Brexit” se disipa, tras dos años del referéndum a favor de abandonar la Unión Europea, el reloj de la separación avanza inexorablemente hacia marzo del 2019. Cada vez falta menos. Pero las respuestas sobre el formato de la futura relación entre el Reino Unido y la UE siguen sin aparecer. La reunión de Chequers apenas fue un “enjuague” de las diferencias internas en el propio gabinete británico. Es curioso que en un país de enorme pragmatismo histórico, su actual dirigencia navegue en semejante irrealidad.

Los que conspiraron para sacar al Reino Unido de la UE han sido de una frivolidad alarmante. Boris Johnson es su símbolo. ‘No aportemos más a la UE y volvamos a la soberanía absoluta del Imperio británico’, parecía ser la consigna ilusoria, buena para despertar ensoñaciones de viejas glorias  imperiales de efecto electoral, pero muy mala a la hora de hacer las cuentas. Los jóvenes británicos alejaos de aquellas ensoñaciones vetustas, votaron por permanecer.

Sumidos en el ardor Brexit, para los brexiteers abandonar la UE sería muy fácil ya que son los europeos los que necesitan al Reino Unido. La realidad muestra lo contrario. El Reino Unido depende mucho más de sus ventas a Europa (la mitad de las exportaciones británicas), que Europa en ventas al Reino Unido: el comercio intracomunitario representa el 47% de las exportaciones del Reino Unido (Alemania 11% y Francia, Países Bajos e Irlanda 6%), mientras que el extracomunitario se concentra en EEUU (15%) y Suiza (5%). En cuanto a las importaciones, el 51% procede de Estados miembros de la UE (Alemania 14%, Países Bajos 7% y Francia 5%), mientras que las extracomunitarias proceden de EEUU y China (9%).

Sin haber considerado el impacto económico de su prédica, el gabinete británico prepara sus excusas para la inminente debacle. La primera es que si las consecuencias son desastrosas, la culpa es del pueblo británico que lo votó. La segunda es la intolerancia europea a la suficiencia británica.

Lo cierto es que el gobierno del Reino Unido al disparar un calendario de dos años, casi imposible de cumplir sin tener una estrategia previa, ha complicado enormemente las negociaciones.

La primera ministra Theresa May ha satisfecho en Chequers a los duros del partido conservador, a lo que concedió el fin de la libre circulación de personas de Europa (más de la mitad de la inmigración no proviene de la UE), el abandono del mercado único y de la unión aduanera.

A fines de mayo, Chris Patten, el último gobernador británico de Hong Kong y canciller de la Universidad de Oxford escribía un explosivo artículo sobre “La terrible falla del Brexit”: “Los ministros del Reino Unido principalmente responsables de las conversaciones –un grupo más conocido por su dogmatismo y ambición personal que su competencia– hasta ahora han logrado asegurar un acuerdo en un área clave: después de la fecha límite de marzo de 2019, comenzará un período de transición de dos años. Pero incluso ese acuerdo no es inamovible, ya que depende de si los negociadores pueden primero acordar qué hacer con la frontera entre la República de Irlanda e Irlanda del Norte una vez que el Reino Unido abandone la unión aduanera. Puede estar en una unión aduanera sin una frontera, o fuera de una unión aduanera con una frontera. No hay ningún ejemplo en el mundo donde esto no sea cierto. Sin embargo, la reintroducción de una frontera en la isla de Irlanda plantea serios problemas, que afectan no solo al comercio transfronterizo, sino también a la seguridad y al futuro del Acuerdo del Viernes Santo que trajo la paz a Irlanda del Norte hace 20 años”.

Como acertadamente señala Patten, “las leyes de la geometría política han torpedeado sus esfuerzos”, es la cuadratura del círculo.

Los partidarios del Brexit duro destacan la importancia de los beneficios de recuperar la libertad para hacer sus propios acuerdos comerciales con el resto del mundo. Una nueva fantasía ilusoria. Es sabido que los mejores acuerdos los logran aquellos mercados que tienen más que ofrecer. La UE es uno de los tres grandes mercados mundiales: 28 países, 511 millones de personas, 15 billones de euros de PBI. Difícilmente un Reino Unido de 65 millones de personas y un PIB de 2,3 billones de euros pueda equipararse. A lo más que podrá aspirar es a ‘nuevos acuerdos comerciales’, parecidos a los de la UE, aunque es improbable que en condiciones tan favorables y que le implicaran un largo proceso de negociación.

Eso sí, llevarán el sello británico y no el indeseable sello de Europa. Tras esa quimera, los brexiteers arrastran a una generación de jóvenes británicos que se sienten europeos y a una generación de europeos que construyó el primer intento de integración supranacional para terminar con los horrores del “nazionalismo”.

Fuentes: Antonio López Crespo para Marco Trade News

 

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