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Comercio internacional: ¿Hay alguien al timón?

Antonio López Crespo - Editor Jefe del Grupo Marco. Consultor BID. Ex profesor de Negocios Internacionales en Francia y Argentina | 17 Marzo del 2018
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Autor imagen: Antonio López Crespo

En los últimos meses y en especial, en las últimas semanas, el mundo ha visto con asombro y extrema ansiedad, las primeras escaramuzas de una “guerra comercial” en ciernes.

 

Contemplar al presidente de la primera potencia mundial, tradicional defensora de la libertad de mercado –al menos en lo declarativo, no siempre en los hechos– romper el TTP que conformaba una gigantesca área de libre comercio; amenazar con acabar con el TLCAN que lo une a México y Canadá; declarar que su país ha sido abusado y burlado por los amigos (como la UE, Japón, Brasil o Corea del Sur) y los enemigos (como Rusia y China) a través de un “comercio inequitativo”; despotricar contra la globalización y su consecuencia natural, el intercambio libre de bienes y servicios; levantar barreras arancelarias a lavarropas y paneles solares; llamar “países de mierda” a naciones  cuyo único crimen es estar marcadas por la pobreza; golpear a diestra y siniestra con unos aranceles al acero y al aluminio; y mostrar los dientes con represalias al futuro acceso de automóviles europeos a su país, no puede más que causar indignación y zozobra en el resto del Planeta.

 

El último y reciente acto de esa tragicomedia ha sido el desplazamiento de las pocas figuras que, en su gabinete, se mostraban disconformes con el creciente proteccionismo y el desborde megalómano de Trump, como Cohn o Tillerson.

Semejante catarata de acontecimientos han sacudido las bases de un sistema global que ha generado en pocas décadas –con deficiencias y creciente desigualdad–una extraordinaria expansión de la riqueza mundial  y miles de millones de personas saliendo de la pobreza más extrema.

 

A todas esas amenazas protagonizadas por Trump, se suma ahora la consolidación en su gabinete de personajes vinculados a lo más radicalizado del conservadurismo nacionalista de su país; miembros en algunos casos del retrógrado Tea Party o personajes señalados por sus posturas xenófobas, con claras inclinaciones hacia el supremacismo blanco, una ideología que proclama que EEUU es y debe seguir siendo, un país blanco y que las minorías son la causa de todos sus problemas.

 

En ese grupo, que constituye el “cenáculo de comercio” de los halcones de Trump están Robert Lighthizer, su representante en todas las negociaciones comerciales; Willbur Ross, Secretario de Comercio; Peter Navarro, Asistente del Presidente y Director de Comercio y Política Industrial; Mike Pompeo, nuevo Secretario de Estado y el vicepresidente Mike Pence. Pero también lo integran otros personajes menos conocidos por el gran público, como el Secretario de Energía, Rick Perry y Ralph Drollinger, un religioso ultraconservador con conexiones con Perry y otros funcionarios de la administración Trump, que realiza sesiones semanales para el gabinete presidencial, dirigidas a “cambiar el curso de EEUU de manera bíblica” y de las que participan al menos ocho miembros del gabinete, incluido el Vicepresidente Pence.

 

Según la organización de Drollinger, Capitol Ministries, las sesiones de estudio con el gabinete son parte de lo que él llama un “ministerio paraeclesiástico” dirigido a una “audiencia” de políticos y funcionarios. Drollinger tiene afirmaciones ‘famosas’: “el catolicismo es la religión falsa más grande del mundo”; “las legisladoras que siguen trabajando después de tener hijos son pecadoras”; “la homosexualidad es una “abominación”o “Se puede afirmar que Dios es un capitalista, no un comunista”.

 

En su libro Rebuilding America: The Biblical Blueprint (Reconstruyendo Estados Unidos: El Plan Bíblico), se hace la siguiente pregunta: “¿Cuál es la prescripción bíblica para hacer a EEEUU grande otra vez?”. Hacer a EEUU grande otra vez, fue y es, curiosamente, la consigna de Trump.

 

Drollinger se reconoce el maestro de las posturas más extremas de ese sector de la política estadounidense. Del senador Jeff Sessions, por ejemplo, a quien dio una justificación bíblica para defender sus posturas ultraconservadoras contra la inmigración. “He tenido el honor de ser su maestro en este tema y muchos más”, dijo Drollinger, que se considera también el maestro de parte del gabinete de Trump: “No hay nada más emocionante, cuando eres un maestro de la Biblia, que ver a una de las personas con quien estás trabajando -ver a él o a ella articular algo- que les enseñaste cuando están bajo mucha presión”.

 

Decenas de legisladores apoyan a Drollinger. Entre ellos Mike Pence, Mike Pompeo, Tom Price, Jeff Sessions y Mike Conaway, el diputado encargado de la investigación gubernamental sobre la intervención rusa en la elección estadounidense de 2016. Según su web, Capitol Ministries tiene tres sesiones cada semana: una para los miembros del gabinete presidencial, los miércoles a las  7:00 a.m, una para senadores los martes a las 8:00 a.m. y una tercera, lunes o martes por la tarde después de la primera votación, para diputados. Drollinger describe su misión como la creación de una “fábrica” para la producción masiva de políticos que “piensen bíblicamente” (sic).

 

Peter Navarro por su parte, es el asesor de Trump, que le ha propuesto y redactado las directivas más polémicas de su gobierno. A él se debe el abandono del TPP, la propuesta de abandonar o renegociar de manera leonina el TLCAN, el decreto de la suba de aranceles, la idea de anulación del acuerdo comercial con Corea del Sur, etc.

 

Pero el mayor peligro de Navarro es su cerril negativa a aceptar el rol de China en el nuevo orden mundial. Autor de libros como Death by China: Confronting the Dragon - Un llamado global a la acción (2011) es un declarado defensor del proteccionismo comercial y un acérrimo enemigo de China, país al que atribuye un plan para el dominio de América en el siglo XXI.

 

De hecho, su acceso a Trump fue por esa vía. ¿Cómo se reclutó a Navarro? Según un reportaje de Vanity Fair, escrito por Sarah Ellison, quien ahora trabaja en The Washington Post, durante la campaña Trump le pidió a Jared Kushner que encontrara alguna investigación que sustentara sus opiniones comerciales proteccionistas. En respuesta, Kushner buscó en Amazon, donde encontró un libro titulado Muerte por China. Así que llamó inesperadamente a Navarro, uno de los autores del libro, y así fue como este se convirtió en el primer asesor económico de la campaña.

 

Pero como escribe esta semana en The New York Times, el Premio Nobel de economía, Paul Krugman, en un artículo titulado “La primavera de los oportunistas”, los datos que Trump recibe de su asesor están mal: “Las exportaciones de EEUU a la Unión Europea gozan de un arancel promedio de solo el 3%”, explica la guía para los exportadores del propio gobierno estadounidense. ¿Quién está desinformando a Trump? Quizá sea Peter Navarro, su zar comercial, cuyo papel se está volviendo más importante. Además, la historia del ascenso de Navarro nos dice mucho sobre la naturaleza del gobierno de Trump, un lugar que recompensa a los lamebotas que le dicen al jefe las repuestas que quiere escuchar”.

 

El extraordinario artículo de Krugman es profundamente revelador de en qué manos está el comercio mundial: “En la versión del mundo de Navarro –tal como se expresó en un documento de la campaña– el IVA les da a las empresas europeas una ventaja comercial enorme e injusta. Los productos estadounidenses que se venden en Europa tienen que pagar IVA; por ejemplo, deben pagar un impuesto del 19% si se venden en Alemania. Esto –dice el documento de campaña– equivale a un arancel de importación. Mientras tanto, los productores alemanes no pagan ningún IVA sobre los productos que venden en EEUU; esto –dice el documento– es como un subsidio a la exportación. Estoy casi seguro de que a eso se refiere Trump cuando habla sobre los “horrendos” aranceles.”

 

Krugman de manera magistral corrige esa interpretación inconsistente y falta de todo rigor técnico: “Sin embargo, lo que esa historia ignora es el hecho de que cuando los productores alemanes venden a los consumidores alemanes, también pagan un impuesto del 19% y cuando los productores estadounidenses venden a los consumidores estadounidenses, éstos, al igual que los productores alemanes, no pagan ningún IVA. Así que el impuesto no desequilibra en absoluto el terreno de juego, en ningún mercado. En realidad, un IVA no tiene nada que ver con la ventaja competitiva; básicamente, es un impuesto a las ventas –un impuesto a los consumidores alemanes–, razón por la cual la OMC considera legítimo el impuesto al valor agregado. Así que, ¿cómo es que alguien que malinterpreta un concepto tan básico y bien entendido sobre los impuestos y el comercio puede ser un asesor económico clave? Como dije, se debe a que le dice al jefe lo que este quiere escuchar. Más que eso, está dispuesto a humillarse de maneras extraordinarias”.

 

Los hechos que revela Paul Krugman ponen en evidencia una pregunta preocupante: ¿Quién está a cargo del timón del comercio internacional? O más precisamente: “¿Hay alguien al timón?

 

Sorpresivamente, alguien con las reconocidas cualidades personales y profesionales de Christine Lagarde, la directora del FMI (franqueza, calidez, capacidad de escuchar y de decir la verdad aunque duela) en lugar de cuestionar el creciente proteccionismo estadounidense, reconoce de manera inoportuna, “que en cierto modo (Donald Trump) tiene algunos buenos motivos de protestar contra la situación actual”. Y además aportó un argumento más a favor de planteos como los de Peter Navarro en contra de China: “Hay países en el mundo que no respetan necesariamente los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC)... pensamos naturalmente en China, pero China no es el único país que tiene este tipo de prácticas”.

 

Es cierto que Lagarde hizo estas declaraciones al canal de televisión RTL, antes de que el presidente Trump anunciara los aranceles a las importaciones de acero y aluminio, abriendo la puerta a una guerra comercial. Y que coinciden con algo que la directora del FMI reclama: la necesidad de hacer cambios estructurales  a nivel global y que las reglas del comercio mundial de los últimos 30 años ya no se respetan. Pero el timming o la oportunidad quizás no fueron las mejores.

 

No hay duda que existe una persistente sobrecapacidad china y un excedente alemán crónico a lo que se agrega ahora un proteccionismo de EEUU que atrasa 70 años. Pareciera que las instituciones multilaterales encargadas de organizar y reconducir el comercio internacional y defender la globalización han sido superadas por los hechos.

 

Como consecuencia, esas instituciones internacionales,  empezando por la OMC –encargada en teoría de regular los intercambios mundiales y arbitrar en los conflictos– están siendo sometidas a un bombardeo de críticas.

 

Las primeras y más duras parten del propio Trump que considera que la OMC no es capaz de impedir prácticas desleales y que las empresas de su país no han tenido posibilidades reales de medir la competencia extranjera. El director general de la OMC, Roberto Azevedo, reaccionó a la posición de Washington y apuntó que "está claro que EEUU tiene muchas preocupaciones sobre comercio, incluido el funcionamiento del Órgano de Solución de Diferencias de la OMC (…) Estoy dispuesto a sentarme y a hablar de estas preocupaciones y de cualquier otro problema con el equipo de EEUU cuando estén listos”.

 

El brasileño Roberto Azevedo durante el desarrollo esta semana en San Pablo, del Foro Económico Mundial sobre América Latina, que la decisión de imponer aranceles a las importaciones de acero y aluminio, muestran que la OMC es más pertinente que nunca.

 

Tras participar en un panel sobre globalización, Azevedo reconoció que existen preocupaciones de que los aranceles estadounidenses provoquen la represalia de otros países y pueda desatarse una guerra comercial. De hecho, las naciones europeas han advertido que impondrán aranceles a mercancías de EEUU y consideró que “si no fuera por la OMC, ya estaríamos en una guerra comercial”.

 

La pregunta que surge en muchos analistas, es si detrás de todas estas teatralizaciones  del presidente de EEUU, lo que Dani Rodrik llama las “trampas y artimañas” de Trump, el objetivo no es “pulverizar” a la OMC.  Jennifer Hillman, que se desempeñó como una de los siete jueces de todo el mundo en el más alto tribunal de la OMC, su Cámara de Apelación, se pregunta si el objetivo de Trump no es finalmente “crear una crisis en el seno de la organización e incluso preparar el terreno para una retirada estadounidense”.

 

Cuál sería el objetivo?  Una jugada a dos bandas. Por un lado, aislar a China, amenazando a todos con aranceles y represalias, para luego retroceder a cambio de contar con su complicidad para cuestionar a China como responsable de los desequilibrios comerciales globales, fruto de la inacción de la OMC y a la vez, desprestigiar a la organización multilateral y retirarse, para quedar exento EEUU de todo control.

 

En una intervención en el Atlantic Council en Washington, Hillman planteó que los planteos dilatorios de los representantes de Trump, en las rondas de la OMC, demostrarían que “EEUU podría estar utilizando esta larga fila de espera para no tener que ponerse nunca en regla”.

 

Cuestionar a China por no cumplir las reglas puede resultar una de esas artimañas de mago, que sirven para esconder el truco: la propia decisión de que nadie pueda exigirle a EEUU cumplir esas mismas reglas.

 

De algún modo, Trump ya lo anticipó. En un reciente informe de la USTR, se señala que las reglas de la OMC están basadas en “la idea implícita” de que los Estados aplican los principios de economía de mercado, pese a que “varios actores importantes los ignoran y esconden sus irregularidades en el libre comercio detrás de sistemas que no son suficientemente transparentes”.

 

“La incapacidad del sistema para que estos países rindan cuentas lleva a una pérdida de confianza en el mismo”, subrayó la USTR y por tanto, “EEUU no se sentirá vinculado legalmente a las decisiones de la OMC que le sean desfavorables”.(…) Los estadounidenses no están directamente sometidos a las decisiones de la OMC”. (sic) La USTR confirmó que, por ese motivo, EEUU se centrará a partir de ahora en los acuerdos bilaterales, en detrimento de los grandes tratados regionales.

 

Trump prometió una actitud “más agresiva” para defender los intereses de EEUU. Pero al proponer a Larry Kudlow, como reemplazo de Cohn, le confesó que los aranceles y las represalias son artimañas para obtener ventajas: “Estoy renegociando acuerdos comerciales y sin los aranceles no nos iría ni la mitad de bien”.

 

Jennifer Hillman ya lo había anticipado en 2010 cuando escribió que el gran desafío era “salvar el multilateralismo”. Así se titula un trabajo suyo publicado por Georgetown, Saving Multilateralism. Renovating the house of global economic governance for the 21st century, donde señala que: “El fracaso para llegar a acuerdos puede verse mejor como parte de una tendencia a largo plazo hacia una mayor complejidad en el mundo, que hace casi imposible alcanzar los acuerdos multilaterales vinculantes tradicionales, combinado con una disminución de la fe por parte de muchos países en el multilateralismo y instituciones multilaterales”.

 

Ya en la reunión de la OMC en Buenos Aires, el camino emprendido por la Administración Trump había quedado claro. Robert Lighthizer, se quejó de que demasiados países incumplen las reglas de la OMC y planteó una teoría negadora de la temporalidad de los procesos de desarrollo: “Tenemos que precisar qué consideramos desarrollo en el marco de la OMC. Cinco de los seis países más ricos del mundo dicen ser países en desarrollo. No es posible que las nuevas reglas sólo se aplican a unos pocos y a los demás se les da vía libre en nombre de un autoproclamado estatus de desarrollo” planteó Lighthizer. Un economista surcoreano sintetizó el disparate muy gráficamente: “cuando yo me desarrollo construyo una casa para lo que necesito una escalera. Y cuando otros quieren construir su casa, les niego la escalera”.

 

El representante estadounidense, uno de los más firmes defensores del “America first” de Trump, tampoco convalidó el sistema de resolución de litigios de la OMC, que penaliza a los países que levantan barreras proteccionistas: “A menudo los miembros creen que no pueden hacer concesiones en la negociación y sólo pueden recurrir a procesos judiciales. Debemos preguntarnos si la estructura actual tiene sentido”, señaló Lighthizer.

 

La explicación es simple y retrasa el proceso civilizatorio a la época de las cavernas: el matón prefiere negociar porque tiene la fuerza y los procesos judiciales han sido el camino que la humanidad construyó para que las relaciones de fuerza fueran equilibradas e imparciales.

 

En Buenos Aires, la respuesta de China través de su ministro de Comercio, Zhong Shan, llegó poco después de la exposición de Lighthizer: “Unámonos y actuemos de verdad para defender la autoridad y la eficacia de la OMC (…) el proteccionismo comercial está creciendo y la globalización enfrenta graves desafíos. Creemos que ningún país puede ser capaz de alcanzar el éxito en el aislamiento y no creemos que ninguna institución pueda reemplazar a la OMC. China apoya la globalización económica y el sistema multilateral de comercio”.

 

La nave del comercio internacional está a la deriva. Se requieren acciones de conjunto para que el proteccionismo no haga retroceder al mundo y regresar a las catástrofes que generó en el siglo pasado. El “sálvese quien pueda” demostró en la década del 30, en los años de entreguerras, que es cómplice de los desastres. Ahora queda por contestar la pregunta: ¿Hay alguien al timón?

 

 

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