19 de Noviembre de 2018| Última actualización 04:34 GMT
El impacto del cambio climático sobre la economía y el comercio global.

¿Cuánto nos cuesta el clima?

Antonio López Crespo | 19 Febrero del 2018
Informemtr7-1

 

Cuando los líderes mundiales se reunieron en diciembre de 2015 y firmaron el Acuerdo de París para reducir el cambio climático, pretendían enviar un mensaje al planeta: es urgente recorrer el camino hacia un mundo sostenible y eso solo es posible con cambios drásticos en la economía global.

 

Plantearon reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para contener el aumento de la temperatura global “muy por debajo de los 2° centígrados”, para 2025 o 2030. Un objetivo muy ambicioso y difícil de alcanzar. Pero respondían a las urgentes recomendaciones de los expertos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC), que insisten en que solo reduciendo esas emisiones entre un 40% y 70% en ese período, es posible permanecer por debajo de los 2° y evitar una catástrofe.

 

Si no se logran esos objetivos: “Nos encaminamos hacia un desastre económico mundial. (...) Y pagaremos un precio muy alto si no actuamos rápido”. Tal era la advertencia del entonces secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) Ban Ki-moon en 2009, que reflejaba los preocupantes resultados de sus visitas ese año a la base de Ny Alesund, en el Ártico noruego –donde pudo percibir el impacto del deshielo– y a la Bóveda Global de Longyearbyen –donde se conservan millones de semillas en previsión de un cataclismo planetario–. El aumento del nivel del mar, según sus previsiones “podría oscilar entre 50 y 200 centímetros de aquí a finales de siglo. (...) Nuestro pie está puesto en el acelerador y nos dirigimos al abismo”.

 

Semejante advertencia ya tiene casi una década. Mientras expertos de la Universidad de Chicago señalan que una acción insuficiente para recortar las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero puede producir una catástrofe climática global, los líderes mundiales siguen tropezando con dificultades para implementar medidas globales de corrección.

 

En este contexto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, cree y afirma que el cambio climático es un mito inventado por China y resuelve retirar a su país del Acuerdo de París, recortando los fondos para las investigaciones relacionadas con el clima.

 

Claro que esa torpe afirmación no es inocente: Estados Unidos es el principal causante del calentamiento global ya que, siendo el 4% de la población mundial, produce el 27% de la contaminación por emisión de dióxido de carbono debido a la combustión de combustibles fósiles, superando en mayor grado a las emisiones de cualquier otro país. De hecho, emite más dióxido de carbono que China, India y Japón juntos, debido a una matriz energética con fuerte presencia del carbón, altamente contaminante y bandera de la campaña de Trump.

 

Un “invento chino”

 

El mito, para desgracia de todos, está siendo contestado por la naturaleza con una creciente sucesión de catástrofes naturales que muestra los riesgos de desatender las previsiones científicas del IPCC sobre las consecuencias del cambio climático. A nivel global, los aumentos en la temperatura en océanos y atmósfera acrecientan las probabilidades de eventos extremos. En los últimos años, esas probabilidades crecieron un 20% y de llegar a un clima 2° más caliente, estos fenómenos serán 40% más probables.

 

En 2017, esos riesgos se han reflejado de manera brutal. Ciclones y huracanes, inundaciones y sequías han azotado todos los rincones del planeta. De Estados Unidos a India y China, el impacto humano sobre el clima ha provocado respuestas cada vez más severas.

 

Las tormentas y monzones arrastraron a millones de personas fuera de sus hogares en Bangladesh, Nepal e India el pasado septiembre. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cerca de 40 millones han sido los afectados por las inundaciones en el Sudeste Asiático y soportan problemas de abastecimiento de alimentos por el daño a las cosechas. Solo en Bangladesh, afectaron a más de 7,5 millones de personas.

 

Las escenas de comunidades inundadas en Asia parecían ser el espejo de muchos pueblos de Texas, bajo los 65 millones de litros de lluvia descargados por el huracán Harvey (unas 26 millones de piscinas olímpicas). Clint Dawson, profesor en la Universidad de Texas en Austin, señala: “De acuerdo a expertos, la cifra total de daños podría alcanzar hasta 60.000 millones de dólares y pasarán muchos años antes de que volvamos a ver la ciudad de Houston como era antes de Harvey”.

 

Los científicos insisten en que tales extremos no pueden explicarse solo como fenómenos estacionales y que serán cada vez más devastadores, fruto del aumento de las temperaturas mundiales y de lluvias cada vez más intensas, como las que provocaron, en agosto, centenares de muertos por deslizamientos de tierra en Sierra Leona, donde Ernest Bai Koroma, su presidente, reconoció que “comunidades enteras han sido destruidas”.

 

También la temporada de huracanes en el Atlántico se caracterizó este año por ser extremadamente activa, la mayor de los últimos 12 años en términos de la Energía Ciclónica Acumulada (ECA). Dos huracanes de categoría 5: Irma, el más fuerte jamás registrado en el Atlántico fuera del Golfo de México y el Mar Caribe, y María, seguidos de los huracanes Katia y José. A esto se sumó la aparición temprana –casi un mes y medio antes de lo habitual en la región– de las tormentas tropicales Arlene en abril, Bret en junio –que golpeó a Trinidad y Tobago–, Cindy  en junio –que afectó a Louisiana–, Don y Emily en julio, junto a la  tormenta tropical Dora en julio y los huracanes Franklin, Gert en agosto y Nate en octubre.

 

Las consecuencias fueron catastróficas: la infraestructura eléctrica de Cuba arrasada, 6 millones de evacuados y 800.000 casas sin electricidad en Florida, Saint-Martin, Anguila y las Islas Vírgenes destruidas, miles de personas con sus viviendas desmanteladas en Puerto Rico, grandes áreas de México dañadas –a lo que se sumaron las trágicas consecuencias de dos terremotos sucesivos–, muertos y decenas de carreteras y puentes destruidos por el desbordamiento de ríos en Costa Rica y Antigua y Barbuda completamente devastada y casi inhabitable tras el paso de Irma, que destruyó o dañó gravemente el 95% de las viviendas. Gaston Browne, su primer ministro, confesaba: “Rompe el corazón. Toda la isla está totalmente devastada y bajo el agua”.

 

Aunque siempre ha habido tormentas y huracanes en el área del Golfo de México, la actual situación del mar, con aguas más calientes que se evaporan más fácilmente, los hace más húmedos, poderosos y destructivos. La temperatura superficial en el Golfo de México es más de un grado mayor que hace 30 años y los niveles del mar han subido 20 centímetros como resultado de décadas de calentamiento global.

 

Hoy, el planeta sufre una era de registros de temperaturas con picos nunca vistos desde el nacimiento de la meteorología y una cantidad de dióxido de carbono en el aire en su nivel más alto en 4 millones de años. Ello acarreará, según los expertos, ciclos de calor y frío extremo, precipitaciones intensas, sequías más severas y tormentas más destructivas.

 

Desde su mismo inicio, 2017 ofreció respuestas climáticas preocupantes. En enero, los países de Asia meridional sufrieron importantes olas de frío. India soportó temperaturas de más de 12° bajo cero en varios estados con centenares de muertos. También en Europa se hizo presente la ola de frío a comienzos del año, con decenas de víctimas, suspensión de vuelos y servicios de navegación y un importante colapso del suministro eléctrico y de otras infraestructuras. La ola polar se extendió desde Rusia –donde las temperaturas llegaron a estar por debajo de los 40° bajo cero–, Ucrania y la península escandinava hacia Alemania y los Balcanes, con fuertes nevadas y frío intenso en Croacia, Grecia, Italia, República Checa, Bulgaria y Turquía. Polonia soportó temperaturas por debajo de los 20° bajo cero, lo mismo que Albania. Los servicios de navegación en el Bósforo, Estambul y el Danubio se vieron afectados y casi 700 vuelos fueron cancelados.

 

Tras el frío, el verano azotó a Europa con olas de extremo calor. Italia registró una de las sequías más graves de su historia reciente: 10 regiones fueron declaradas en estado de calamidad natural mientras el campo enfrentaba daños considerables y Roma debió racionar el agua corriente. La emergencia hídrica en la península italiana fue consecuencia de una temporada extremadamente seca, la más aguda en los pasados 60 años. De acuerdo con cálculos oficiales, el país perdió en el semestre anterior unos 20.000 millones de metros cúbicos de agua, es decir el equivalente a un lago de Como desde principios de año, como consecuencia del incremento de 0,9° de la temperatura promedio.

 

La falta de humedad en Montana, Dakota del Norte y Dakota del Sur, tres de los seis estados estadounidenses productores de trigo de primavera, provocó importantes pérdidas por el estrés sufrido por los cultivos, algo similar a los ocurrido con los cultivos de maíz y de soja en el Medio Oeste, lo que repercutió en el alza del precio de esos alimentos.

 

Producto de las sequías, California soportó en octubre una ola de incendios –los más letales de la historia del estado– que se cobró la vida de medio centenar de personas, provocó el desplazamiento de más de 100.000 habitantes, la destrucción de 5.700 edificios y 86.000 hectáreas arrasadas por un fuego que Dennis Rein, portavoz del cuerpo de bomberos de Santa Rosa, en el condado de Sonoma, definió como “una bestia sin control”. El gobernador de California, Jerry Brown, reconoció que ha sido “una de las peores tragedias porque la devastación es increíble, un horror que nadie podría haber imaginado”.

 

Gran parte del área afectada correspondió a la zona vitivinícola, el emblemático valle de Napa y Sonoma, al norte de San Francisco. El impacto económico es incalculable. La industria del vino genera allí miles de puestos de trabajo, más de 13.000 millones de dólares en ganancias solo en el condado de Napa y atrae a la región unos 3,5 millones de turistas al año. Joe Nielsen, de la Donelan Family Wines, declaró: “La gente ha perdido todo, viñedos con mucha historia han sido barridos por las llamas (...). Frente de nosotros, vecindarios donde nuestros amigos y vecinos viven se redujeron a cenizas (…). Solo quedaron chimeneas, carros quemados y árboles calcinados”. Prestigiosas bodegas como Stag's Leap Cellars, Signorello Estate, Patland Estate Vineyards, Roy Estate y Paradise Ridge quedaron gravemente dañadas.

 

Segassia Vineyard, una bodega de Napa que produce cabernets de alta gama cuyas botellas pueden venderse por hasta 750 dólares, perdió sus edificios principales –lo único que quedó fue la chimenea de ladrillo de la casa– y toda la cosecha 2017 que debía recogerse cinco días después del incendio. White Rock Vineyards, una importante bodega, propiedad de la familia Vandendriessche desde 1870, resultó completamente destruida por el incendio que devastó la cercana Soda Canyon Road.

 

Para Christian Butzke, profesor de enología de la universidad Purdue, que trabaja en la región desde hace 25 años, las consecuencias fueron graves: “De las mejores uvas –cabernet y merlot, que dan el mejor y más costoso vino–, solo la mitad había sido recolectada. Muchos frutos estarán afectados por el humo y serán inutilizables. Eso generará que la producción caiga y los precios suban en los próximos dos o tres años. (…) Tomará años replantar las viñas quemadas”.

 

El cambio climático conllevará “más olas de fuerte calor, evaporación aún más importante y, en consecuencia, una sequía más importante en los suelos”, recuerda Michèle Blanchard, climatóloga de Météo-France: “Cuando hablamos de sequía, pensamos en la ausencia de agua, pero hay que insistir también en la temperatura, que favorece la evaporación y hace que la ausencia de agua sea más crucial. (…) En el futuro, a causa del calentamiento global, nos dirigimos hacia sequías más marcadas, principalmente en verano”.

 

La contracara de las sequías, y fruto del mismo proceso de cambios bruscos en el clima, se da con las fuertes lluvias e inundaciones.

 

En América del Sur, el fenómeno de El Niño afectó de manera severa a Perú y Ecuador por un calentamiento anómalo del mar que acrecentó la humedad de las costas, desencadenando fuertes tormentas, inundaciones y deslizamientos de tierra. El suceso había sido precedido por una fuerte sequía −la mayor en siete años− que perjudicó a ambos países y que puso a 17 regiones de Perú en emergencia hídrica, con un fuerte impacto en la actividad agropecuaria y más de un millón de afectados a nivel nacional.

 

Otros países de la región también tuvieron repercusiones de ese fenómeno. Las regiones del Pacífico y Amazonas colombiano y el norte de Chile sufrieron fuertes lluvias con reiterados desbordes de sus ríos que dejaron aislados muchos poblados andinos. En Mocoa (Colombia), un deslizamiento de tierra por las tormentas provocó centenares de muertos y heridos. Intensas marejadas en Chile, con olas de hasta cinco metros de altura, provocaron daños graves en comercios y viviendas de la zona central del país, afectando el suministro eléctrico. Tormentas intensas provocaron en Bolivia inundaciones en la cuenca del Amazonas, afectando el 66% de su territorio.

 

El año no fue más piadoso con Brasil: mientras una de las sequías más severas asolaba el nordeste y norte del país, las lluvias dejaron un rastro de destrucción en el otro extremo, la región sur y sudoeste. Un cuarto de los municipios de Brasil soportó situaciones de emergencia y 1.296 ciudades tuvieron que pedir auxilio del gobierno federal. La mayor parte por sequía (71%) y el resto por tempestades, inundaciones, aludes y aluviones. Brasil, un inmenso país de más de 8,5 millones de kilómetros cuadrados, soporta desde hace años la carencia de agua, en especial en las áreas más pobres del país, como el nordeste, que “sufre la peor sequía en un siglo”, que ya dura cinco años y afecta a los estados de Ceará, Rio Grande do Norte, Paraíba y Pernambuco.

 

Según el experto Marcelo Seluchi “implicará severos impactos en la agricultura y la ganadería y en el abastecimiento de agua para la población”. Para el Potsdam Institute for Climate Impact Research and Climate Analytics, encargado por el Banco Mundial de los Informes Bajemos la temperatura: “El Nordeste de Brasil sufre, en particular, los impactos de la sequía relacionados con el fenómeno El Niño, que puede llegar a ser muy frecuente en un planeta 4° más caliente”. El climatólogo Donald Wilhite aconseja prestar singular atención a las muchas caras de la sequía, si se quiere evitar pérdidas como las sufridas en el siglo XX, cuando la falta de agua afectó a 2.000 millones de personas y dejó 11 millones de muertos en todo el mundo.

 

Tampoco Argentina ha podido evitar las consecuencias del cambio climático. El año se inició con inclemencias climáticas en Río Negro, La Pampa, Santa Fe y Buenos Aires, lo que provocó pérdidas por más de 3.000 millones de dólares, según estimaciones oficiales. Intensas lluvias y desbordes de ríos y lagunas han dejado varias ciudades bajo el agua, rutas anegadas y pérdidas millonarias en el sector de la producción agrícola. Según un informe de la Confederación de Asociaciones Rurales de Buenos Aires y La Pampa (Carbap), una importante asociación de productores, entre las cuatro provincias más afectadas –Buenos Aires, La Pampa, Santa Fe y Córdoba–, hay “casi 22 millones de hectáreas de campo anegadas, lo que complica no solo la agricultura sino también la ganadería, ya que están afectados unos 14 millones de cabezas, el 26% del rodeo nacional”. Los daños causados por el agua equivalen cada año al 0,7% del PIB del país.

 

 

La voz de los que saben

 

Prestigiosas instituciones en el estudio del clima, como la Agencia Nacional de Océanos y Atmósfera de Estados Unidos (NOAA) y el Instituto Goddard (de NASA), muestran en sus informes anuales que año a año las temperaturas se elevan a niveles nunca vistos. En 2017 se ha alcanzado la mayor media (un aumento de 0,83°) desde que empezaron a tomarse registros hace 137 años, con regiones especialmente afectadas como centro de China, norte de Australia, Oriente Medio y el noreste de Estados Unidos.

 

En marzo, la Organización Meteorológica Mundial anunció que se había alcanzado un récord de altas temperaturas en la Antártida (17,5°), haciendo saltar todas las alarmas y, en simultáneo, la NASA advertía que la extensión del hielo en el Ártico había llegado al mínimo desde que empezó a monitorizarse, en 1979.

 

La situación presenta una gravedad que muchos prefieren ignorar. Según un estudio liderado por James Hansen y otros científicos de la NASA, la temperatura media de la superficie terrestre es actualmente –debido al calentamiento de los últimos 30 años– la más alta registrada en el planeta en los últimos 12.000 años. Hansen advierte que la temperatura actual está a 1° del máximo registrado en el último millón de años, que es el nivel crítico a partir del cual los cambios en el planeta pueden ser catastróficos. El nivel seguro de dióxido de carbono atmosférico –según el estudio– no debería sobrepasar las 350 partes por millón (ppm), pero hoy ha superado el umbral simbólico de 400 y aumenta alrededor de 2 ppm por año. Considerando el período entre 1850 y 2011, el Centro de Análisis de Información sobre Dióxido de Carbono determinó que Estados Unidos es responsable del 27% de las emisiones de dióxido de carbono del mundo y contamina más que toda Europa junta.

 

El ex director del Instituto Goddard no duda en advertir: “El objetivo declarado de mantener el calentamiento global a menos de 2° es una receta para el desastre mundial, no la salvación". Para Hansen, que junto al climatólogo Syukuro Manabe recibió el Premio Fundación BBVA 2016 por sus aportes al cambio climático, se ha creado una gran brecha entre lo que percibe la comunidad científica y lo que quieren admitir los responsables políticos: “La evaluación franca de las conclusiones de los datos científicos resulta estremecedora para el cuerpo político”.

 

Las violentas alteraciones del clima son consecuencia de la acción descontrolada de la era industrial. Pero el abismo hacia el que marchamos, según la advertencia de Ban Ki-moon, pareciera tener un efecto contrario a acelerar las soluciones. De hecho, existen innumerables estudios sobre las sorprendentes variaciones del clima, pero se presta muy baja atención desde la economía y el comercio internacional a las consecuencias y costos económicos de esos cambios. Como señala Amanda Ruggeri, periodista de BBC: “Pareciera que es parte de la naturaleza humana posponer la preparación para algo si creemos que es relativamente poco probable que suceda”. Aunque en realidad, ya esté sucediendo…

 

Ruggeri pone el acento en un estudio que demuestra que cada dólar invertido por la Federal Emergency Management Agency de Estados Unidos en prevención y mitigación de desastres, genera un ahorro posterior que cuadruplica ese valor. Y la previsión es posible: las medidas tomadas en Florida para no repetir las consecuencias del huracán Andrew en 1992 demostraron la importancia de planificar para una catástrofe. Frente a la terrible potencia de Irma, se logró evacuar a 6 millones de personas y se evitó una masiva destrucción de viviendas, con una serie de cambios en los códigos de edificación rigurosamente aplicados y que habían sido considerados demasiado costosos en su momento.

 

La contracara fueron los casos recientes y trágicos de Houston y Ciudad de México (sumados a Morelos, Puebla y otros) con la destrucción de innumerables edificios y un enorme saldo de víctimas, por ausencia de esas políticas o debilidades en su implementación. El monto de las pérdidas provocadas por las consecuencias del cambio climático sólo en Estados Unidos en 2016 representaron unos 210.000 millones de dólares, cifra que será superada holgadamente por lo ocurrido durante este año.

 

Tal como aseguran la mayor parte de los científicos y ha demostrado acabadamente el IPCC, el cambio climático constituye el mayor desafío que enfrenta hoy la humanidad. Supone una seria amenaza para su supervivencia, poniendo en riesgo el suministro de agua, la producción de alimentos, la salud, el uso de las tierras y el medio ambiente. Y un serio peligro para el mundo en desarrollo y las poblaciones más vulnerables.

 

Uno de los errores más frecuentes en su análisis es considerarlo un problema futuro, sin advertir que sus consecuencias se manifiestan cada vez con mayor violencia entre nosotros y suponen ya enormes pérdidas económicas. El calentamiento global no solo está costando mucho dinero hoy, sino que pone en riesgo el desarrollo económico global. Se hace imperioso, por tanto, el monitoreo de las consecuencias económicas a largo plazo así como de los riesgos e incertidumbres que provocará en la economía mundial.

 

Recalculando

 

Hace más de una década, Nicholas Stern, por encargo del gobierno británico, realizó un estudio (Informe Stern, 2006) sobre el impacto del cambio climático y el calentamiento global sobre la economía. Según Stern, las condiciones climáticas extremas podrían reducir el PIB mundial en un 1% de aquí al 2050 y los costos del cambio climático podrían ascender como mínimo al 5% del PIB cada año.

 

Y hacía tres advertencias: las consecuencias de las medidas correctivas solo tendrían efectos sobre el clima de los próximos 40 o 50 años, la puesta en práctica de medidas para reducir su impacto deberían entenderse como una inversión global para evitar gravísimas consecuencias en el futuro y si no se atendían sus efectos, los costos del impacto podrían llegar a superar el 20% del PIB global. Es decir que lo más caro que podemos hacer es no hacer nada.

En el mismo sentido, los análisis de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) estiman que cerca del 40% de las inversiones destinadas al desarrollo están actualmente en peligro y advierten que, sin embargo, los riesgos climáticos apenas se tienen en cuenta de forma explícita en los proyectos y programas de desarrollo.

 

Las consecuencias económicas y ambientales del cambio climático son ya abrumadoras y serán aún más gravosas si no somos capaces de reducir nuestras emisiones globales de carbono. Los costos que implica, cada año, la reparación y reconstrucción de viviendas e infraestructuras (viales, aerocomerciales, eléctricas y de telecomunicaciones, ferroviarias, puentes y diques) dañadas por tormentas extremas, inundaciones, sequías e incendios forestales son una parte del problema. Las alteraciones climáticas severas suponen además una notable merma de la productividad en muchísimas áreas, tanto en el sector agropecuario como en transporte, turismo, comercio, producción de energía y construcción. A ello se agrega el costo importantísimo que deben afrontar gobiernos y sociedades para dirigir las evacuaciones, el control de las amenazas a la seguridad y el refugio de los desplazados. Un balance somero y parcial muestra la dimensión extraordinaria de los costos actuales que provoca el cambio climático a ciudadanos, empresas y gobiernos.

 

Queda aún evaluar el costo de las medidas que se tomen para mitigar sus efectos. El Banco Mundial calcula que los costos adicionales, solo para los países en vías de desarrollo, que implican las inversiones para adaptarse o mitigar el cambio climático, rondan los 30.000 millones de dólares anuales.

 

Un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sitúa esos costos de adaptación en torno a 37.000 millones de dólares anuales. Y para Oxfam, la confederación internacional de ONGs, los costos de adaptación al cambio climático para todos los países en desarrollo superarían los 50.000 millones de dólares anuales. La Convención Marco de la ONU sobre el Cambio Climático ha estimado que los costos de esas inversiones adicionales, estimadas entre los 30.000 y 67.000 millones de dólares, se elevarán a 100.000 millones anuales en las próximas décadas. Estas cifras revelan la magnitud del problema económico que representa el cambio climático a estas alturas.

 

Condenados a desaparecer

 

No deberían omitirse, asimismo, los costos que implicarán los desplazamientos significativos de población en los próximos 30 o 50 años, especialmente en las zonas costeras, tal como señalan los informes del IPCC.

 

El impacto del calentamiento global está aumentando el número de “refugiados climáticos”, personas o comunidades que se ven obligadas a abandonar sus hogares a causa de desastres vinculados con el clima. Y eso tampoco es un problema futuro: los habitantes de Tuvalu, Kiribati, Vanuatu o Maldivas saben que pronto sus países se hundirán en el mar.

 

El ciclón Pam, catalogado como “uno de los peores en la historia del Pacífico”, con vientos de categoría 5 (hasta 270 kilómetros por hora) arrasó Vanuatu, causando numerosas víctimas y destruyendo el 90% de Port Vila, la capital del país. Tuvalu también soportó el impacto del Pam y casi el 45% de sus habitantes tuvieron que emigrar. Los más de 300.000 habitantes de la pequeña nación isleña de Maldivas, uno de los lugares más hermosos del planeta, que cada año atrae a miles de turistas, prevé tener que abandonar para siempre su hogar antes del fin de este siglo, dejando una cultura de 2.000 años de antigüedad bajo el agua. Y buscan, como sus vecinos de Kiribati, un país que los reciba o adquirir a alguna isla o territorio para volver a comenzar. Son un ejemplo de la gran paradoja del cambio climático: las naciones que menos contaminación generan son las que más sufren sus consecuencias.

 

John Campbell, geógrafo de la Universidad de Waikato, Nueva Zelanda, calcula que 1,7 millones de personas del Pacífico Sur podrían convertirse en refugiados climáticos para 2050 y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) sitúa en 200 millones la posible cifra global de desplazados para esa fecha.

 

Recientes investigaciones ponen de manifiesto que el costo total del calentamiento global ascenderá al 3,6% del PIB mundial si continúan las actuales tendencias. Solo a Estados Unidos, los daños por huracanes en inmuebles e infraestructura, costos de energía, comunicaciones y agua, significarán pérdidas equivalentes al 1,8% de su PIB para finales de siglo. Los impactos sobre la infraestructura han sido generalizados en todo el planeta. En Bangladesh –uno de los países más pobres– la destrucción alcanzó a 700.000 viviendas, 4,7 millones de hectáreas de cultivos y miles de kilómetros de vías férreas.

 

Un estudio dirigido por Tord Kjellstrom, de la United Nations University, sobre 43 economías emergentes de las zonas del planeta más expuestas a calores extremos, estima que, para el año 2030, el clima podría generar pérdidas por 2 billones de dólares en la economía mundial.

 

Lo cierto es que, a lo largo del siglo XXI, el calentamiento global producirá impactos macroeconómicos a gran escala en todo el mundo. Las inundaciones ocasionadas por el huracán Harvey dejaron un saldo estimado por AccuWeather de 160.000 millones de dólares en pérdidas, sin contar los daños producidos en Louisiana. El temporal está considerado entre los más costosos de Estados Unidos. Para expertos en seguros las pérdidas se calculan en unos 90.000 millones de dólares, solo en bienes asegurados. Katrina (2005) había ocasionado, según el Swiss Re Institute, pérdidas por 176.000 millones de dólares y Sandy (2012) daños por 75.000 millones. En el último lustro, solo la aseguradora Lloyd's tuvo que enfrentar pagos por 6.300 millones de dólares a damnificados por tormentas en Estados Unidos. Y las pérdidas estimadas en el país para los huracanes Irma y Harvey se calculan en unos 290.000 millones, equivalentes a 1,5 puntos del PIB estadounidense, según Accuweather.

 

A medida que el clima mundial continúa cambiando y los fenómenos meteorológicos se hacen más extremos, los costos y daños derivados se acrecientan e impactan más duramente sobre las naciones en desarrollo. Según un informe del Banco Mundial y el Fondo Mundial para la Reducción de los Desastres y la Recuperación (GFDRR) publicado en noviembre de 2016, el impacto de los desastres naturales graves equivale a una pérdida de 520.000 millones de dólares en el consumo mundial y empujan a unos 26 millones de personas a la pobreza cada año. “Las tormentas, las inundaciones y las sequías tienen graves consecuencias humanas y económicas, y a menudo son los pobres quienes pagan el precio más alto. Generar resiliencia frente a los desa

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