16 de Diciembre de 2018| Última actualización 23:23 GMT

EEUU, China y el LSD: reflexiones sobre la paranoia

Antonio López Crespo - Editor Jefe del Grupo Marco. Consultor BID. Ex profesor de Negocios Internacionales en Francia y Argentina, 31 mayo 2018 | 01 Junio del 2018
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Autor imagen: foto cortesia

Mientras la pujante y joven China sueña con el futuro y avanza en energías limpias, clausura fuentes de producción de carbón para mejorar su aire, expande la movilidad eléctrica y hace adelantos en inteligencia artificial, el Gobierno de Trump parece decidido a internarse en un nuevo siglo: el XIX.

 

EEUU, China y el LSD: reflexiones sobre la paranoia

Hace pocos días, con diferencia de horas, en una de esas coincidencias que se agradecen, tuve dos experiencias interesantes para la reflexión. Una fue la noticia del escándalo que envuelve a aviadores, miembros de las fuerzas armadas de EEUU, encargados de los misiles nucleares que están entre el arsenal más poderoso y devastador de ese país.

Gracias a Associated Press se pudo saber algo que EEUU había ocultado celosamente. Un grupo de pilotos, pertenecientes a los cuerpos de misiles nucleares de la Fuerza Aérea, que es capaz de desatar un infierno, en la forma de misiles balísticos intercontinentales Minuteman 3, o ICBM, compraban, distribuían y consumían el alucinógeno LSD y otras drogas que alteran la mente como parte de una organización que operó sin ser detectada durante meses en la Base de la Fuerza Aérea F.E. Warren en marzo de 2016. Catorce aviadores fueron sancionados. Seis fueron arrestados luego de pasar por cortes marciales acusados de consumo o distribución de LSD, o ambos. Luego de que los investigadores finalizaran la investigación, uno de esos aviadores además logró desertar e irse a México.

Las declaraciones de los implicados no tenían desperdicio. El aviador Tommy N. Ashworth reconoció que, tras consumir LSD “sentí paranoia, pánico” durante horas después de consumir el ácido. “No sabía si me iba a morir esa noche o no (…) sentí como si me fuera a dar un ataque cardíaco o una ACV”. El aviador Kyle S. Morrison fue más lejos. Reconoció ante la misma corte marcial que bajo la influencia del LSD “no podría haber respondido si era convocado al servicio en una emergencia de seguridad nuclear”.

Y eso sucedía en el seno de la primera potencia militar mundial que ha puesto su “botón nuclear” en una persona de la robusta salud mental de Donald Trump.

La otra experiencia, casi simultánea, fue ver el cotejo de dos fotos que aludían a reuniones similares con  117 años de diferencia entre ellas. La imagen por su fuerza y expresividad se ha vuelto viral en las redes sociales de China. Son dos fotos juntas, a modo de comparación. En ambas se ve a dos grupos negociadores en torno a una mesa: uno de chinos y otro de occidentales. La foto antigua, de 1901, muestra a un grupo de representantes chinos envejecidos, marchitos dentro de sus trajes tradicionales, frente a un grupo de hombres blancos jóvenes y elegantes. En la foto actual, parte de las reuniones dirigidas a evitar una “guerra comercial”, son los chinos quienes reflejan vigor y juventud, frente a un grupo de señores blancos, en su mayoría ancianos y marchitos.

Fue reveladora la coincidencia. Mientras los jóvenes estadounidenses protestan en las calles por la segregación racial, por el intento de separarlos de sus vecinos mexicanos con un muro carcelario, para evitar que niños nacidos en su país sean expulsados como “inmigrantes”; un grupo de ancianos intentan volver a formas proteccionistas abandonadas hace más de 50 años, precisamente en aquellos viejos tiempos en que eran “jóvenes”. Seguramente lo que también sucedía en China en 1901, donde un grupo de marchitos representantes de una “vieja” China, ocupaban el sitio del sueño de los jóvenes de su país.

Las dificultades de la administración Trump pasan por no entender que aquel EEUU hegemónico y mandamás se terminó. Los actuales funcionarios de Trump (y Trump mismo) deberían volver a leer lo que escribieron dos hombres decisivos para los asuntos estadounidenses: Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski​. Ambos sostuvieron que no se podía seguir siendo el “gendarme del Planeta” cuando apenas  se representaba el 20% del PBI mundial y que había que entender que también “la guerra tiene un límite económico”.

Hoy es China la que asciende velozmente. Y ese ascenso está apoyado en cifras. En el año 2000, China controlaba el 4% de la economía global y EEUU el 31%. Hoy China controla el 16% y EEUU el 22% del PBI nominal (FMI), pero haciendo la comparación PBI ppa, China representa el 18,2% y EEUU sólo el 15,1%.

El PBI de China crece el triple de rápido que el de EEUU, invierte el triple en infraestructura y ha puesto en marcha fuertes inversiones en tecnología, empezando por la inteligencia artificial. Por otra parte, de manera creciente Beijing, apoyado en una activa política exterior, va logrando mayores acuerdos y consensos, de la mano de intensos intercambios comerciales e inversiones. África, Asia y América Latina son regiones que pueden testificarlo.

El desarrollo de la planificación china de largo plazo tiene perfiladas las estrategias globales para el 2025 y para el 2050. De hecho, la colosal Ruta de la Seda está proyectada con inversiones a lo largo de 30 a 40 años. Y EEUU solo tiene planes defensivos y apela a su seguridad nacional para ‘negociar’ acero o aluminio, mientras deja su “seguridad” en manos de soldados bajo los efectos del LSD.

Los acuerdos e inversiones en curso colocan a China en una posición prevalente y, casi con seguridad, Asia Central será su proveedor más importante de gas natural. El despliegue de la estrategia china de abastecimiento ha sido tan exitoso, que Richard Morningstar, ex embajador de EEUU en Azerbaiyán y enviado especial de su país para la Energía de Eurasia, admitió: “EEUU no puede sencillamente competir con China en todo lo que se refiere a la riqueza energética de Asia Central”.

Ante la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado confesó: “China está teniendo cada vez mayor influencia en Asia Central. Es difícil para nosotros competir con China en algunos de estos países”. Y como ejemplo, utilizó el caso de Turkmenistán, donde China no solo estaba construyendo un gasoducto a su propio costo sino que había acordado proporcionar un préstamo de unos 3.000 millones de dólares para la exploración de energía: “Es fácil para Turkmenistán llegar a un acuerdo con China, cuando China entra y dice, 'bueno, vamos a firmar un cheque por una cantidad X de dinero y vamos a construir un oleoducto'… Ese no es un acuerdo difícil de aceptar, y nosotros (los EEUU) no podemos competir en ese camino…Tenemos que desarrollar una estrategia para lidiar con eso”.

Según la mayoría de los analistas regionales, China logró hacerlo no solo con una firme e inteligente diplomacia sino gracias a sus inmensas reservas de liquidez. Para Richard Jones, director ejecutivo adjunto de la Agencia Internacional de Energía y ex embajador de EEUU en diversos países de Oriente Medio: “China avanza en todas partes, en el sector del petróleo, del gas e incluso del carbón (…). Actualmente los chinos hacen las cosas más rápido…”

Lo que no parecen entender los funcionarios estadounidenses es el concepto chino de cooperación: infraestructuras relevantes para el desarrollo de aquellos países que son sus socios estratégicos, más las tecnologías necesarias y los fondos para ejecutarlas. “Todo de una sola vez” a cambio de los recursos naturales necesarios para alimentar su propio desarrollo.

EEUU, con Trump a la cabeza, se queja del crecimiento chino como “abusivo y desleal” y reclama un trato “justo”, porque “China nos trata mal”. Ante esa valoración no objetiva, puramente individual, reacciona de manera instintiva y paranoide: “Cuando alguien me trata mal o injustamente, mi respuesta, en toda mi vida, ha sido devolver el golpe lo más fuerte posible”.

Sin entrar en las conductas comerciales de EEUU en términos de abuso, deslealtad e injusticia a lo largo de su poder hegemónico durante el siglo XX, las maniobras mercantiles chinas han sido muy parecidas –como señala Stephen Roach, ex vicepresidente de Morgan Stanley– a las utilizadas siempre por Washington. Por eso Roach acusa a Trump de haber convertido a EEUU en “un país de llorones”.

Lo que se niega a reconocer la actual administración estadounidense es que su rol en el mundo ha cambiado. Sigue siendo y lo será seguramente a lo largo de este siglo, un país muy importante, con un enorme poder militar. China no pretende sustituirlo, algo que EEUU no puede entender, encerrado en su cultura hegemónica. Pretende que el Planeta no esté sometido a un superpoder económico y de seguridad nacional dominante, porque cree en la multilateralidad de las decisiones mundiales y en un mundo “armonioso y en paz”.

Para EEUU, China es hoy “la más grande y creciente amenaza”. Un diagnóstico paranoide, que Trump repite a diario y al que el general Joseph Dunford, máximo militar de EEUU y jefe del Estado Mayor Conjunto, le puso fecha ante el Senado: “China supone probablemente el mayor riesgo para nuestra nación para 2025”.

Washington se niega a hacer un autoanálisis. Su decadencia y la pérdida de su poder mundial se  deben a sus propios errores estratégicos. Frente a la globalización, prefirió concentrar sus esfuerzos en esa gigantesca “aspiradora  de dólares” que significaba el mundo de los negocios financieros y de seguros y dejó en manos de países de bajos salarios, el trabajoso proceso de las manufacturas. A fines de los 80, muchos analistas estadounidenses celebraban –casi a las risas– que de una “muñeca barbie” fabricada en China, ésta se quedaba con 4 dólares frente a los 22 dólares que el mismo producto dejaba en EEUU. China sólo vendía “sudor chino” barato.

De ahí surgió un segundo y dramático error de EEUU. Con la lluvia de dólares de los negocios financieros y los costos reducidos de la producción asiática se podía consumir de manera intensiva. Y EEUU empezó a incrementar sus déficits de manera imparable. La primera colisión con la realidad fue la crisis de 2008, donde descubrió que su economía estaba sustentada en “papelitos” que el sistema llamaba “acciones”, bonos, etc. Y se abrió un enorme foso de deuda, que arrastró fondos federales, varios grandes bancos e incluso a sus socios europeos y japoneses.

En ese proceso China mejoró sus condiciones de producción. Sus manufacturas aumentaron notablemente su calidad, supo aprovechar la transferencia tecnológica que suponía la “avidez occidental” por capturar aquel “sudor chino barato” y compró toneladas de T-bons, es decir deuda de EEUU.

No es la “maldad” (en términos ‘trumpianos’) de China lo que está en juego, sino –como dice el premio Nobel Stiglitz– la “tontería” de Estado Unidos.

Para alcanzar ese mundo equilibrado y armonioso, China planifica un gigantesco programa de infraestructuras de nivel global, la Nueva Ruta de la Seda”, para asegurarse los recursos necesarios para  propio desarrollo y consolidar relaciones estables con un enorme bloque de países. El plan es unir el Lejano Oriente con África y Europa a través de una vasta red de carreteras, vías ferroviarias, puertos, gasoductos, refinerías, parques industriales y tramas de fibra óptica, enlazara las economías de 65 países, más de un tercio de la economía mundial y el 60% de la población mundial. Para 2050, se espera que ese grupo de naciones contribuyan a un 80% del crecimiento en el PIB mundial, 68% más que al final del 2017.

Esto haría de China el eje más importante del comercio global en 2050. La Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda es sin duda, el proyecto de infraestructuras más ambicioso de la historia moderna, de una visión geopolítica extraordinaria.

Los proyectos en proceso incluyen miles de kilómetros de carreteras en Pakistán, aeropuertos en Nepal y Etiopía, trenes en Laos, Indonesia, Kenya, Etiopía, Djibuti, Zambia, Tanzania, Angola, Nigeria y la apertura de la ruta ferroviaria más larga del mundo hace dos años, que une la ciudad china de Yiwu con Madrid, en España y ramales a Milán y Londres. Las grandes empresas globales buscan sacar partido de estos planes, junto con las firmas de construcción chinas.

Frente a eso, como ha expresado con lucidez Edward Luce, del Financial Times, “por el momento, EEUU es el emperador sin ropa”, la gran abdicación del liderazgo. Y a las oportunidades que EEUU le ha ido “regalando” a China a lo largo de tres décadas, se suma –dice Luce– un “tercer regalo geopolítico (…) una obra en proceso: la reacción populista de Occidente”, marcada por hechos como el Brexit en el Reino Unido o de la victoria de Trump en EEUU.

Cada paso de la administración Trump, sea el retiro del TTP, el abandono del Acuerdo Climático de París o la ruptura del pacto nuclear con Irán, han revelado el vacío de liderazgo que China ha sabido llenar. En Davos defendiendo el proceso de globalización, ante el América primero, la defensa del libre comercio,  ante los mandobles y amenazas de Trump, el rescate del multilateralismo y la cooperación.

A ese vacío, el ex embajador de EEUU y republicano Richard Haas lo llamó “La gran abdicación”. En un artículo publicado hace meses en The Atlantic reconoce que “La abdicación es tan injustificada como imprudente. Es un hecho básico de vivir en un mundo global que ningún país puede aislarse de gran parte de lo que sucede en otros lugares. Una política exterior basada solo en la soberanía no proporcionará seguridad en un mundo global e interconectado. O, para parafrasear la jerga del día, EEUU no puede ser grandioso en casa en un mundo de desorden”.

Mientras la pujante y joven China sueña con el futuro y avanza en energías limpias, clausura fuentes de producción de carbón para mejorar su aire, expande la movilidad eléctrica y hace adelantos en inteligencia artificial, el Gobierno de Trump parece decidido a internarse en un nuevo siglo: el XIX. Abandonó el Acuerdo de París del Cambio Climático por ser una “mentira inventada por China” y también el Plan de Energía Limpia, intento de Obama de reducir las emisiones de carbón, y declaró que “el carbón es limpio” y a través de Scott Pruitt, su funcionario en la Agencia de Protección Ambiental que “la guerra contra el carbón ha terminado”. La historia de las dos fotos otra vez sobre la mesa…

La cabeza “vieja” de Trump apuesta al carbón, un sector en declive desde hace 70 años, cuyas empresas más importantes han quebrado; que en los últimos 30 redujo casi cuatro veces los empleos que requiere (por automatización de la minería pero también porque la demanda de carbón es cada vez más escasa), reemplazado por el más limpio y económico gas natural.

En tanto, la apuesta de China por el futuro se manifiesta en todos los sectores. Se ha convertido en uno de los productores principales del mundo de turbinas eólicas y paneles solares, buscando con subsidios gubernamentales, avanzar hacia una “civilización ecológica”, en la definición del presidente chino Xi Jinping. Según un informe de la ONU, China invirtió 78.300 millones de dólares en energías renovables el año pasado; casi el doble que Estados Unidos. Ello le permite una doble solución: fortalece su seguridad energética (es importador neto de petróleo), a la vez que se coloca como líder y principal productor de  energía limpia del Planeta.

Otro tanto sucede con el avance del país en materia de vehículos eléctricos, donde está en condiciones de pelear el liderazgo mundial en ese sector de la industria del transporte en el futuro. Pese a que una década atrás China  no había desarrollado esa tecnología, en los dos últimos años se vendieron en su territorio, más del doble de autos eléctricos que en EEUU y el gobierno ha declarado que tiene como objetivo que, para 2025, el 20% de todos los nuevos coches vendidos en China estén propulsados por combustibles alternativos. Ello ha significado que se crearan en el sector de energía renovable 3,6 millones de empleos, cinco veces más que en EEUU.

Donald Trump declara con frecuencia que está cansado de escuchar las cifras de crecimiento de China y quiere detener ese crecimiento con medidas proteccionistas que fracasaron en todo el mundo y especialmente en EEUU, donde provocaron la gigantesca crisis que conocemos como “la Gran Depresión”. Apela a soluciones y remedios viejos, porque está enfocado en el pasado. Mientras China enfoca todas sus energías en el porvenir, Trump y sus “viejos marchitos” intentan revivir industrias sin destino. Una aventura inútil que solo comprometerá el mañana de jóvenes estadounidenses que siguen en las calles, clamando por aquel EEUU que creía en el futuro.

Antonio López Crespo

Antonio López Crespo - Editor Jefe del Grupo Marco. Consultor BID. Ex profesor de Negocios Internacionales en Francia y Argentina, 31 mayo 2018

Mientras la pujante y joven China sueña con el futuro y avanza en energías limpias, clausura fuentes de producción de carbón para mejorar su aire, expande la movilidad eléctrica y hace adelantos en inteligencia artificial, el Gobierno de Trump parece decidido a internarse en un nuevo siglo: el XIX.


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