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Interrogantes pertinentes sobre el “lote BRICS”

Alberto Hutschenreuter | 06 Agosto del 2015

Sin duda alguna, el “lote BRICS”, es decir, esa suerte de confluencia de Estados que aspiran a ser parte y arte en la configuración internacional del siglo XXI, ha adquirido una relevante visibilidad y expectativa en la política internacional, particularmente en el segmento financio-económico, sobre todo debido al desempeño a escala global de China, el “primus inter pares” del lote.

 

De hecho, la ampliación del grupo a cinco miembros se debe al “peso” de China; en efecto, la presencia de Sudáfrica en el grupo obedece menos a la capacidad económica y geoestratégica del país surafricano que al notable ascendente de China en el continente africano, país que invitó a Sudáfrica a sumarse en 2011, y de esta manera el bloque logró conformar un espacio de poderes continentales casi íntegro.

 

Pero la visibilidad que ostenta y la expectativa que despierta el conjunto de países a nivel internacional tal vez estén sobrestimadas, pues la contundencia de las cifras económicas, en las que otra vez el empuje de China es concluyente, suele ocultar algunas incógnitas relativas al verdadero desempeño y alcance del grupo.

 

Consideremos algunos interrogantes pertinentes, comenzando por el factor predominante del grupo, la economía.

 

Los expertos destacan que en los próximos años el mayor crecimiento económico tendrá lugar en países que no forman parte del BRICS, por caso, Nigeria, Indonesia, Turquía, Filipinas, Perú, etc. El desempeño de “actores no BRICS” ha creado nuevos acrónimos o nuevos segmentos de países, por caso, MINT (México, Indonesia, Nigeria y Turquía), o bien otros que agrupan a miembros del BRICS y otras economías pujantes o prometedoras, por ejemplo, EAGLEs (Emerging and Growth Leading Economies, que reúne a China, Brasil, Indonesia, Corea, Rusia, México, Brasil, Turquía y Taiwán).

 

El común denominador de estos grupos, a los que podemos sumar otros como el Next-11 (que pondera otras variables aparte de las netamente económicas), es que, sumadas, las economías de sus integrantes superarán a las economías del G-7 en menos de dos décadas (excluida la de Estados Unidos, salvo en aquellos grupos en los que, una vez más, está China).

 

Frente a esta “galaxia” de economías emergentes, ¿será el lote original el que incluirá a nuevos emergentes? O, a manera de nuevos modos o bloques geoeconómicos sin contigüidad geográfica, ¿se configurará el mundo en base a las nuevas vitalidades económicas? Es difícil responder este interrogante; posiblemente, en cualquier caso se difuminará toda eventualidad de lograr lo que hasta la fecha el BRICS no ha conseguido: talla política; puesto que si el lote original se ampliara, seguramente perdería fuerza en relación con su primario esfuerzo de profundización y, por tanto, se “licuaría” su iniciativa en pos de configurar un mundo basado en un mayor o más equitativo reparto de justicia internacional.

 

En cuanto a la existencia de una pluralidad de espacios económicos vitales, ello sería casi una reedición del Grupo de los 77, es decir, un espacio de ayuda y sustento mutuo entre economías no desarrolladas o intermedias, aunque más fragmentado y, por tanto, más depreciado.

 

Finalmente, siempre en el plano geoeconómico, las crisis de los últimos años desmoronaron una de las características clave del lote BRICS: la vitalidad económica como amparo frente a las crisis económicas globales. La situación económica cada vez desfavorable en países como Brasil y la India demostraron que lo que hace unos años se consideraba “desacople”, es decir, el diagnóstico que aseguraba que el buen desempeño económico de los miembros los convertía en “islas”, se relacionaba más con el impacto de las cifras que ostentaba el lote, por caso, elevadas tasas de crecimiento, que con datos más objetivos en relación con adversidades en el rendimiento económico, por ejemplo, la tasa de productividad, la inflación, la situación fiscal o el profuso grado de interdependencia con centros (en crisis) como la Unión Europea.

 

Más allá del segmento económico, en cuanto a lo que podemos denominar “relación de amenaza”, ¿es un propósito colectivo del lote BRICS el despliegue de políticas que “desnorteamericanicen” el mundo, o se trata de trazas propulsadas por los intereses de sus actores más preeminentes, es decir, China y Rusia?

 

Este interrogante es muy pertinente para el funcionamiento simétrico del lote y su necesario ascenso político, pues, por caso, para India la mayor hipótesis de conflicto no es la hegemonía de los Estados Unidos sino la diferencia geopolítica que mantiene con su vecino Pakistán. En buena medida, la situación, en diferente contexto, recrea lo que sucedió en tiempos de Guerra Fría, cuando Occidente desplegó la política de contención frente a la URSS a través de la creación de bloques político-militares. Pero sucedió que no todos los países tenían como referente la amenaza soviética, concretamente, India, país cuyo reto era Pakistán; por tanto, en esa geografía no se logró esquema de contención alguna, y la URSS y China lo supieron aprovechar estrechando relaciones con India y Pakistán, respectivamente.

 

Por otro lado, una vez más las consideraciones geoeconómicas tienden a prevalecer sobre las realidades geopolíticas, cuando no despreciarlas, lo cual implica un error de proporción en cuanto a reflexionar sobre la evolución del BRICS sin meditar hipótesis de fracaso.

 

Si consideramos la proyección de poder terrestre y naval que desde hace un tiempo vienen realizando China e India en la ascendente placa geopolítica del continente de Surasia y en el Océano Índico, resulta difícil considerar que podrá existir cooperación entre estos dos actores mayores del BRICS (como así entre China y otros centros económicos emergentes extra BRICS, por ejemplo, Filipinas, cuyas autoridades recientemente compararon la proyección regional de poder de China con la política de hechos consumados de la Alemania pre 1939).

 

Por el contrario, si estos actores continúan afirmando sus intereses geopolíticos a lo largo de lo que se denomina la “nueva ruta de la seda”, es posible que aumenten peligrosamente las tensiones como consecuencia del fenómeno de intersección y solapamiento de dichos intereses (como referencia, hace poco India ha hecho fuertes reservas a la iniciativa china relativa con la construcción de una isla artificial al sur del puerto de Colombo, en Sri Lanka; también es pertinente recordar que en abril de 2015, Pekín ganó derechos para operar el puerto de Gwadar, Pakistán, por 40 años).

 

Finalmente, más allá de estas cuestiones, a las que se pueden sumar otras, hay una certidumbre respecto del BRICS, y es que se trata de un bloque que afirma la política entre Estados, es decir, relaciones internacionales en clave clásica. En otros términos, los cinco miembros, particularmente sus más preeminentes, no defienden ni promocionan políticas de injerencia internacional hacia dentro de los Estados, posición que remarca su compromiso (muchas veces interesado) con el sacrosanto principio de no intervención.

 

Pero dicha certidumbre, que confirma el patrón tradicional de relaciones interestatales, implica que las cuestiones relativas a “los pueblos”, ese gran sujeto de la política mundial actual, queden libradas en buena medida a su suerte, situación que devalúa todo propósito político del BRICS: el reparto equitativo de justicia global; puesto que dicho reparto implica un firme compromiso con el principio relativo con la “responsabilidad de proteger”; por otro lado, en creciente medida las cuestiones internacionales tienen origen en tensiones y convulsiones que ocurren hacia dentro de los Estados.

 

En breve, sin duda que el “lote BRICS” implica un notable fenómeno en las relaciones internacionales del siglo XXI. Pero si dirigimos nuestro enfoque un poco más allá de los números que impresionan, comprobaremos que hay una pluralidad de incógnitas que menoscaban su posibilidad de convertirse en factor de equilibrio y ecuanimidad internacional.

 

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