20 de Agosto de 2018| Última actualización 20:45 GMT

Radiografía de un mentiroso: fake news y paranoia.

Antonio López Crespo, Editor Jefe del Grupo Marco, Consultor BID, ex profesor de Negocios Internacionales en Francia y Argentina, 15 julio 2018 | 16 Julio del 2018
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Autor imagen: Foto cortesía

¿En qué manos están el comercio y la paz mundial?

Antonio López Crespo, Editor Jefe del Grupo Marco, Consultor BID, ex profesor de Negocios Internacionales en Francia y Argentina, 15 julio 2018

No resulta ninguna novedad que el arte anticipa la historia. En 1964, el genial Stanley Kubrick estrenaba su “Dr. Insólito o cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la Bomba”, donde un extraordinario Peter Sellers interpreta al Dr. Strangelove, un asesor del presidente de EEUU, antiguo científico nazi, –una especie de Peter Navarro actual– que sostiene que el “enemigo” (entonces la URSS) posee la “Máquina del Juicio Final”, un dispositivo de represalia capaz de acabar con la humanidad para siempre.

La historia que cuenta Kubrick se refiere a un paranoico y desquiciado general de la Fuerza Aérea –que curiosamente se llama Jack D. Ripper (parodiando a Jack, the Ripper)– que ordena un ataque nuclear letal contra la Unión Soviética que ha logrado infiltrarse en todos los  fluidos del país. Ve enemigos en todas partes y proclama que hay que salvar a América.

Hace pocos días, EEUU ha celebrado los 242 años de su Independencia y en ese contexto, merece algún cuidadoso análisis la conducta de su actual presidente. Durante el presente mes de julio, la sucesión de disparates, desaciertos e imprudencias de Trump, en su avalancha de medidas disruptivas del orden mundial y su defensa paranoide de un proteccionismo obsoleto, parecen desbordar toda lógica.

Inició el mes, manejando los aranceles como un matón con un bate de beisbol en las manos, volviendo a amenazar a China con aplicar nuevas sanciones, pero ahora por encima incluso del volumen de las actuales importaciones. El propio viceministro de Comercio de China, Wang Shouwen, lo advirtió, calificando a EEUU y a su presidente como un “matón”: “Como ustedes saben, sostuvimos negociaciones y éstas arrojaron progresos, pero estos avances fueron ignorados por una de las partes que además, comenzó una guerra comercial”.

Pocos días después, aterrizó en la Cumbre de la OTAN provocando todo tipo de problemas y tensiones. Los miembros de la Organización habían acordado que la sesión ‘reservada’ del jueves debía dedicarse a un análisis en profundidad de la seguridad mundial y no solo limitarse a cuestiones presupuestarias

Pero Trump pateó ese acuerdo y renovó sus reproches a los europeos por no contribuir suficiente a los gastos en defensa y protagonizó uno de sus desmedidos “estallidos”, tirando por la borda las reuniones bilaterales previstas con los líderes de Azerbaiyán, Rumania, Ucrania y Georgia, así como una serie de conferencias de prensa. El berrinche obligó a la cancelación de las que ya tenían agendadas, la primera ministra británica, Theresa May y la canciller alemana, Angela Merkel. 

Como había sucedido en Canadá en la Cumbre del G-7 y mostrando su desinterés por aquellos con quien debe reunirse, Trump llegó tarde a las sesiones de la mañana con líderes de la OTAN, que debían discutir además la adhesión de Ucrania y Georgia a la alianza. En un gesto de prepotencia y carencia absoluta de la más elemental diplomacia, comenzó a proferir reproches por los aportes europeos a los gastos en defensa y pidió a los líderes ucranianos y georgianos que se fueran porque era “un asunto interno de la OTAN”.

Como es de suponer, la reunión se rompió y los líderes europeos se retiraron. Sin embargo la evaluación posterior de Trump fue que “la reunión de los miembros de la alianza fue fantástica y demostró un gran espíritu colegiado (..) La OTAN es mucho más fuerte ahora de lo que era hace dos días”.

Y se atribuyó los resultados como una victoria personal sobre los europeos. La verdad –algo que Trump suele menospreciar– era bastante más acotada: sólo 4 (sí cuatro!!!) de los 28 miembros europeos de la OTAN se comprometieron al objetivo de gastar al menos el 2% del PIB en defensa. El Reino Unido se dispone a un poco más del 2%. Y EEUU, el miembro 29 de la OTAN, aporta el 3,5%. Los otros 24 no hicieron ningún incremento.

En estado de exaltación y mostrando su grave tendencia autoritaria, escribió el miércoles 11 a las 14.07 en un tuit: “¿De qué sirve la OTAN si Alemania paga a Rusia miles de millones de dólares por gas y energía? ¿Por qué solo hay 5 de 29 países que han cumplido su compromiso? EEUU está pagando por la protección de Europa y luego perdemos miles de millones en comercio. Deben pagar el 2% del PIB INMEDIATAMENTE, no antes del 2025”.

Preocupados por la deriva autoritaria de Trump, ese mismo día en el Senado de EEUU se votaba una resolución no vinculante, destinada a tratar de ponerle límites al manejo autocrático del magnate. La votación se saldó con una resonante victoria a favor de la propuesta con un resultado de 88 votos a favor y solo 11 en contra, lo que constituye un claro mensaje político para Trump acerca de qué opinan sus compañeros de partido, del rumbo que está imponiendo a la guerra comercial.

El líder de la propuesta fue el senador republicano Bob Corker, presidente del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, un empresario y desarrollador inmobiliario, quien afirmó que “esto no se está imponiendo por razones de seguridad nacional. Esto es un abuso de la autoridad presidencial. No he escuchado que un solo senador haya regresado con ninguna idea terrenal sobre por qué estamos tolerando esto”.

Pero las cosas no quedaron allí. Trump se permitió, en su primera visita a un aliado histórico como el Reino Unido, entrometerse en la política interna del país, criticar la posición de la primera ministra Theresa May acerca del Brexit y defender al ex canciller Boris Johnson, un declarado admirador del neoyorquino, que no solo acaba de renunciar al gobierno británico sino que es un reconocido conspirador contra May.

Tras su desembarco en Londres, donde su presencia fue multitudinariamente rechazada en las calles y mientras se cumplían los diversos pasos protocolares de su visita, se conoció (exactamente entre el segundo y tercer plato de la cena de bienvenida en el palacio de Blenheim) una explosiva entrevista concedida en Bruselas a The Sun, el diario más vendido de Gran Bretaña.

Allí Trump destrozó a la primera ministra Theresa May, anticipando que “EEUU no va a hacer un acuerdo comercial post Brexit con Gran Bretaña porque May no escuchó mis recomendaciones de cómo negociarlo y eligió el camino opuesto”, al optar por una estrategia de “soft Brexit “con los europeos. “El acuerdo de comercio con EEUU no va suceder. Ella lo hizo naufragar”.

Trump, como un verdadero “Zar mundial”, se siente en condiciones de determinar la política del Reino Unido: “Yo hubiera hecho esto de una forma muy diferente. Yo le dije a Theresa May cómo debía hacerlo, pero ella no estuvo de acuerdo, no me escuchó. Ella negoció de la mejor manera que ella sabe. Pero es muy malo lo que está pasando”.

A la consulta del editor político del Sun, sobre si se retiraría de la mesa negociadora, contestó: “Absolutamente (..) Si los británicos hacen esto, entonces el acuerdo comercial con EEUU ni se producirá (..) el plan de May “va a afectar el comercio con EEUU, desafortunadamente en una manera negativa (..). Nosotros ya tenemos suficientes dificultades con la Unión Europea. Estamos tomando medidas enérgicas contra ellos porque nos han tratado de manera desequilibrada en comercio”.

Siguiendo el “manual de los que no hay que hacer”, elogió al ex canciller británico Boris Johnson, que renunció por sus diferencias con la premier sobre la negociación y en una demostración de su total ausencia de empatía y capacidad, dijo que esperaba que Johnson regrese al gobierno “como primer ministro”.

Pero de manera sorprendente, 24 horas después, Trump dijo que May era una “mujer excelente”, y que la entrevista a The Sun eran "fake news".

Al regresar a EEUU, en una entrevista para la CBS, mostrando sus mejores rasgos paranoides, acaba de declarar: “Tenemos muchos enemigos. Creo que la Unión Europea es un enemigo, por lo que nos hace en el comercio. No lo pensarías de la UE, pero es un rival.”

El mundo empieza a advertir con preocupación que lo que parecía una forma insoportable y cerril de negociación es mucho más que eso. Es la manifestación de un desequilibrio psicológico creciente de un desbocado e inescrupuloso, que tiene un botón nuclear en su escritorio de la Casa Blanca.

Recientemente, Bandy X. Lee y Jeffrey D. Sachs, dos prestigiosos académicos de EEUU,  escribieron un inquietante artículo: “La psicopatología de Trump está empeorando”. Lee es una psiquiatra forense de la Escuela de Medicina de Yale y líder de proyecto en la Organización Mundial de la Salud y Sachs, un reconocidísimo economista, profesor en la Universidad de Columbia y Director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la ONU.

En su estudio, manifiestan sin ambages que Trump sufre de varias patologías psicológicas que lo convierten en un peligro claro y presente para el mundo: “Trump muestra signos de al menos tres características peligrosas: paranoia, falta de empatía y sadismo. La paranoia es una forma de desapego de la realidad en la que un individuo percibe amenazas que no existen. El individuo paranoico puede crear peligros para otros en el transcurso de la lucha contra amenazas imaginarias. La falta de empatía puede derivar de la preocupación de un individuo por sí mismo y de la visión de los demás como meras herramientas. Dañar a otros no causa remordimiento cuando sirve a los propios propósitos. El sadismo significa encontrar placer en infligir dolor o humillar a otros, especialmente a aquellos que representan una amenaza percibida o un recordatorio de las debilidades de uno”.

El diagnóstico no puede ser más preocupante y la conducta de Trump más elocuente. Como señalan Lee y Sachs, la experiencia psicológica muestra que tales rasgos tienden a empeorarse en individuos que detentan poder. Y desde la observación política, podemos constatarlo y verificarlo, día a día, en innumerables casos.

En su lúcido y valioso artículo, los autores advierten que “las extravagantes exageraciones de Trump en las últimas semanas revelan la creciente severidad de sus síntomas. Consideremos, por ejemplo, sus repetidas afirmaciones de que el vago resultado de su reunión con el líder norcoreano Kim Jong-un constituye el fin de la amenaza nuclear planteada por el régimen de Kim, o su descarada mentira de que los demócratas, más que sus propias políticas, causaron la separación forzada de niños migrantes de sus padres en la frontera sur con México. The Post recientemente contó 29 declaraciones falsas o engañosas en una simple manifestación de una hora. Ya sea intencional o delirante, este nivel de mentira persistente es patológico”.

La apelación a la mentira ha sido una constante de Trump. El pasado 10 de julio, Salvador Rizzo y Meg Kelly publicaron en The Washington Post una investigación novedosa. Según la base de datos de The Fact Checker, el presidente había realizado 3.251 afirmaciones  falsas o engañosas y su tasa diaria promedio estaba aumentando. Es decir que en los 526 días desde que asumió el cargo (al 30.6.2018) el ritmo de mentiras o engaños era de 6 por día.

Los periodistas del Post hicieron un ejercicio en especial sobre los mítines de campaña, para averiguar si el presidente miente más frente a las multitudes. Y separaron reclamaciones, es decir afirmaciones sobre hechos materiales de lo que podían ser trivialidades u opiniones. El resultado fue revelador: de un total de 98 declaraciones fácticas identificadas, el 76% de lo afirmado por Trump era falso, engañoso o no respaldado por evidencia. Y el desglose que hicieron es aún más contundente: 45 declaraciones falsas o en su mayoría falsas (46% del total), 25 declaraciones engañosas y cuatro afirmaciones no respaldadas. Es decir, casi la mitad de lo que dice es mentira y otro 25% es engañoso.

Las mentiras de Trump, reveladas por el informe de Rizzo y Kelly en el Post, se ejemplifican cuando hace afirmaciones sobre los gastos de la OTAN. “Pagamos entre un 70 y un 90% para proteger a Europa, y eso está bien”. Es engañoso –dicen sus autores– EEUU es el mayor contribuyente a los gastos de organización de la OTAN, que incluye su sede en Bruselas y comandos militares subordinados, pero financia solo el 22% de estos programas. Por separado, el gasto de defensa de EEUU representa el 72% del gasto de defensa en toda la OTAN. Pero esto refleja lo que EEUU gasta en todos los programas militares, no solo en los relacionados con Europa”. Tampoco dice nada Trump acerca de que EEUU es el país con el mayor gasto militar del mundo: la friolera de u$s 610.000 millones!!!

Otra de las mentiras reveladas por los periodistas del Post está vinculada a su otro objeto de odio de Trump, la UE: “Por supuesto, ellos nos matan en el comercio. ... Impiden hacer negocios en Europa y, sin embargo, entran y nos venden sus Mercedes y sus BMW. Entonces tenemos u$s 151 mil millones en déficits comerciales con la UE, y además de eso, nos matan con la OTAN”. Falso –explican Rizzo y Kelly– La UE es el mayor socio comercial de bienes para EEUU. Trump tiene la costumbre de usar números comerciales que tienen en cuenta solo los bienes, no los servicios. El déficit comercial combinado con la UE fue de u$s 92.000 millones en 2016. Aunque la UE impone un arancel del 10% a los automóviles estadounidenses, mientras que el arancel estadounidense es del 2,5% ciento para los automóviles europeos, las tarifas varían según el producto y en algunos casos, los aranceles estadounidenses son más altos”.

Y por último, la patología de Trump requiere de su propia exaltación y de mostrarse victorioso siempre: “Entonces pagamos el 4% de un PIB enorme, que se hizo mucho más grande desde que me convertí en su presidente”. El dato es engañoso, dice el Post. Es cierto es que EEUU gasta cerca del 4% de su PIB en defensa, pero es falso que el PIB creciera con Trump. El PIB creció un 2,3%, un porcentaje menor que en tres de los años en que Barack Obama estuvo en el cargo y menor que buena parte de los años a cargo de George W. Bush y Bill Clinton.

Como explican Lee y Sachs, “para justificar sus acciones beligerantes, Trump miente incesantemente y sin culpa (..) los confidentes de Trump lo describen como cada vez más propenso a ignorar cualquier consejo moderador ofrecido por quienes lo rodean. No hay ‘adultos presentes’ que puedan detenerlo mientras se rodea de adulones corruptos y pendencieros dispuestos a obedecerlo (lo cual es enteramente predecible a partir de sus características psicológicas)”.

La imposibilidad real de imponer su voluntad a todos, le plantea a una personalidad trastornada como la de Trump, la necesidad permanente de amenazar y agredir en una espiral creciente, de la que la guerra comercial que ha desencadenado, es una buena metáfora.

Trump no ha dudado en transitar esa espiral involucrando cada vez a un mayor número de países y organismos internacionales. Ha roto con acuerdos establecidos como el del clima  de París, el Transpacífico, el nuclear con Irán y puesto en jaque, sus vínculos con sus socios México y Canadá, más recientemente, los socios atlánticos de la UE y ahora, con el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

“La paranoia de Trump –dicen Lee y Sachs– está generando un aumento de tensiones geopolíticas. Los aliados tradicionales, no habituados a tratar con líderes estadounidenses con graves deficiencias mentales, no salen de su asombro, y aparentemente los adversarios se están aprovechando. A muchos de sus partidarios, el descaro de Trump para mentir les parece audacia para decir la verdad, mientras analistas y líderes extranjeros tienden a creer que su extraña conducta agresiva es reflejo de alguna estrategia política. Pero es un error tratar de “explicar” las acciones de Trump como racionales, e incluso audaces, cuando es más probable que sean manifestaciones de problemas psicológicos graves”.

La historia del siglo XX nos ha mostrado de manera lacerante, los trágicos resultados de “salvadores” cuyas promesas de recuperación nacional encubrían un enfermizo despotismo. De esa tragedia hay dos lecciones –entre muchas– que no debiéramos olvidar: el nacionalismo es una enfermedad y los déspotas deben ser anulados antes de que sea tarde. Hitler fue considerado un payaso y cuando ya era tarde, hasta un ‘socio potencial’. Churchill enseñó que “nunca” podemos asociarnos al déspota pero que esa decisión requiere coraje y resolución.

Es a lo que convocan Lee y Sachs: “No debemos permanecer inmovilizados por temor a un desastre futuro. Un líder con signos peligrosos de paranoia, falta de empatía y sadismo no debe permanecer en la presidencia, para no cometer un daño devastador. Cualquier medida adecuada para eliminar el peligro –la urna electoral, el juicio político o la invocación de la Enmienda 25 de la Constitución de EEUU– ayudaría a restaurar nuestra seguridad”.

Sus voces alertando sobre el peligro que Trump significa para la democracia estadounidense y la seguridad mundial, no están solas. El historiador Timothy Snyder publicó Sobre la tiraníaVeinte lecciones que aprender del Siglo XX , que se ha colocado entre los libros más vendidos en EEUU, donde advierte que el actual presidente acaricia la idea de generar una grave crisis política (guerra comercial mediante) para justificar un cambio en las normas de la democracia estadounidense y eliminar los contrapoderes que le impiden llevar a cabo su agenda política.

La reacción del Senado de EEUU revela que coincide con ese diagnóstico. Snyder dice que Trump podría inventar una nueva versión de la mentira nazi sobre el incendio del Reichstag para intentar un cambio de régimen, con menos controles sobre su gestión.

Los líderes europeos tienen un desafío histórico. Defender los valores de la Carta de las Naciones Unidas y las reglas del comercio internacional. Mark Leonard escribió en el 2006,  que Europa lideraría el siglo XXI, si era capaz de ejercer un cierto poder (soft) para imponer esos valores esenciales de su unidad, que hoy están comprometidos. La paz mundial depende de que Europa los defienda. Pero la hora exige una mayor dureza de sus líderes, antes de que sea tarde.

 

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