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Rusia en América Latina: proyección, comercio y algo más

Alberto Hutschenreuter | 16 Junio del 2016

Una de las “nuevas realidades” que desde hace unos años observamos en América Latina es el incremento de la relación con Rusia. Se trata de una realidad que no puede asombrar puesto que el mundo no marchó hacia una configuración de bloques geo-económicos cerrados, y lo que terminó predominando desde el mismo final de la guerra fría (y luego de la militarización de las relaciones internacionales tras el 11-S) ha sido una lógica centrada en lo que podemos denominar “4C-G”, esto es, comunicaciones, capital, compañías y comercio a escala global.

 

En ese mundo, Rusia ha intentado desplegar un papel “menos soviético” y más plural en términos de poder, es decir, constituirse, tras el final del nuevo “ciclo de tumultos” que implicaron los años noventa, no sólo en un actor estratégico-militar mayor, sino en un país con capacidad de proyectarse en los demás segmentos o vectores internacionales de poder. Desde estos términos deben ser considerados las insistentes demandas de Moscú para que la Organización Mundial de Comercio (OMC) incorporara a Rusia, hecho que finalmente sucedió en 2012, cuando la economía rusa era la novena del mundo y, según proyecciones del Banco Mundial, pasaría a ubicarse entre las seis primeras para el año 2020.

 

Hoy existen puntos de vista encontrados sobre el verdadero estatus de Rusia en las relaciones interestatales, puesto que, transcurrido el ciclo denominado “Putinomics”, es decir, los años durante los cuales gracias a los altos precios de sus activos estratégicos (gas, petróleo y metales) Rusia mantuvo altas tasas de crecimiento económico, el país no sólo ha decrecido económicamente en 2015, sino que hacia el 2030 retrocedería al decimoquinto lugar en el ranking global.

 

Desde otros enfoques, Rusia mantiene su estatus de gran poder, por caso, cuando (más allá de su espacio adyacente de interés) se evalúa la importante relación comercio-económica-energética con la Unión Europea en general y con Alemania en particular, sobre todo antes de las sanciones impuestas por Occidente por la cuestión Crimea-Ucrania, o la relación casi estratégica con China (su segundo socio comercial), como asimismo otras cuestiones relativas con el “poder blando”, por ejemplo, el enorme número de científicos, ingenieros y técnicos de primer nivel, segmento que jugaría un papel clave en la asignatura pendiente de Rusia: la modernización de su economía, objetivo que de alcanzarse transformaría a Rusia en algo más que la “potencia fósil” que es hasta hoy (como la denomina Pablo Colomer en un reciente artículo en “Estudios de Política Exterior”).

 

Por otro lado, habitualmente se señalan debilidades de Rusia sin considerar debilidades de otros actores considerados actores preeminentes o potencias económicas de escala, por caso, la situación económica-financiera y la condición sub-estratégica de Europa como así también la de Japón; las verdaderas capacidades estratégicas de China (que recientemente se dotó de un portaaviones); las dificultades estructurales de India, e incluso la pérdida de prestigio internacional e incapacidad de Estados Unidos para lograr la decisión en complejos teatros como Irak y Afganistán, si bien es indiscutible el hecho de que este actor se encuentra por delante de todos.

 

La capacidad de proyección de capacidades y poder es un dato de Rusia que no puede ser soslayado, particularmente en Siria, donde la intervención de Moscú resultó clave para alterar el balance de fuerzas y, tal vez, crear una situación que modere el estado de guerra y muerte en el país de Oriente Medio

La intervención en Siria no sólo implicó el amparo de un “estado cliente” en Oriente Medio, sino también un acto de reparación estratégica ante Occidente, es decir, una maniobra cuyo propósito es el logro de ganancias de poder que compensen la política de poder que desde el mismo final de la guerra fría Occidente mantiene ante Rusia, y cuyas mayores estratégicas han sido y son la ampliación de la OTAN y el despliegue del escudo anti-misilístico.

 

Junto con la necesidad de captar mercados que incrementen su pretendida condición de potencia multi-vectorial, la aproximación o proyección geopolítica de Rusia a América Latina forma parte de esa política de reparación estratégica frente a Occidente.

 

En materia de cifras, si bien el intercambio comercial entre Rusia y América Latina dista enormemente de la que tiene la región con el otro “nuevo socio”, China, el mismo no deja de ser importante, sobre todo si consideramos la crisis que atraviesan desde hace un tiempo Rusia y los países de mayor viabilidad y desarrollo relativo de América Latina, es decir, Venezuela, Brasil y Argentina.

 

Si bien algunas fuentes son algo exageradas en cuanto al intercambio Rusia-América Latina (por caso, Financial Times afirma que entre el 2000 y 2013 el intercambio pasó de 3000 millones de dólares a 24.000 millones), en aproximadamente diez años hubo un salto cuantitativo: entre 2004 y 2014 las transacciones comerciales pasaron de 6000 millones a 17.500 millones de dólares, pero en algunos casos particulares la relación se multiplicó casi por ocho, por ejemplo, con Perú, y, en menor medida, con Ecuador y Bolivia.

 

En cuanto a las relaciones con el tradicional “cuadrilátero latinoamericano”, es decir, Brasil, Venezuela, México y Argentina, los montos comerciales son los mayores (en ese orden) pues se trata de los países con las superficies, poblaciones y economías más grandes de la región. Respecto de la Argentina, las expectativas de alcanzar una “asociación estratégica” continúan en el espacio de las posibilidades, pues (no obstante la importante cantidad de convenios firmados desde principios de siglo) el intercambio bilateral no sólo se mantiene estacionado, sino que experimentó un descenso durante el último año.

 

Las fases de sanciones que Occidente aplica a Rusia por la cuestión Crimea/Ucrania, renovadas en 2015, impulsaron a que Moscú prohibiera adquirir productos alimenticios de la UE, Estados Unidos, Canadá, Noruega y Australia, hecho que en principio pareció favorecer ampliamente a los productores latinoamericanos. Sin embargo, las expectativas chocaron ante realidades inesperadas: al tiempo que disminuyó el consumo en Rusia, la cercanía geográfica acabó favoreciendo a productores como Belarus, Serbia y los mismos rusos; no obstante, algunos pocos países de América Latina, por caso, Chile, Brasil y Ecuador lograron ventas.

 

Finalmente, siempre considerando la captación de mercados por parte de Moscú, en la región se encuentran establecidas compañías rusas de escala, hecho que implica el compromiso ruso-latinoamericano de expandir los vínculos: desde Gazprom hasta Power Machine, pasando por Rosneft, Lukoil, Gazpromneft, Tecnoprom, U C Rusal, Helicópteros Kazán, etc., todas estas empresas mayores se encuentran desarrollando proyectos o bien llevándolos adelante, incluso en países no siempre visibles en la “panorámica latinoamericana”, por ejemplo, Guyana, Jamaica, etc.

 

En cuanto a la cuestión relativa con políticas de reparación de Rusia ante Occidente, el hecho que Washington haya “descuidado” la región durante la etapa (2001-2010) que “des-economizó” su política exterior y la remilitarizó para afrontar el reto del terrorismo, fue capital para que las potencias extra-continentales estrecharan lazos con América Latina, particularmente con aquellos países que intentaban cursos económicos no sólo menos dependientes de los centros atlanto-occidentales, sino cuestionadores de estos centros. En este contexto, sin duda Venezuela fue el país líder y el que más invirtió en equipos y armamentos rusos.

 

Dicha política de reparación estratégica por parte de Moscú se acentuó tras el final de la etapa de concordia con Occidente, es decir, después del período 11-S/2004. A partir de entonces, cuando se pusieron de manifiesto una vez más “The Limits of Partnership”, para utilizar los términos de la excelente obra de la experta Angela Stent sobre las relaciones Rusia-Estados Unidos en el siglo XXI, Moscú buscó obtener ventajas que maximizaran ganancias de poder, siendo América Latina un espacio estratégico selectivo puesto que constituye, sobre todo la amplia zona de México, Centroamérica, Caribe, Colombia y Venezuela, el “primer anillo” de intereses geopolíticos de Estados Unidos en el continente.

 

Precisamente dentro de este espacio selectivo de intereses estadounidenses Rusia estaría evaluando medidas propias de reparación estratégica y afirmación geopolítica. Dichas medidas no sólo implicarían incrementar la cooperación técnica y militar con países de la región, sino reabrir bases militares; concretamente, en Cuba, país donde en los años sesenta la exUnión Soviética desplegó una base con fines de espionaje radioelectrónico que la Federación Rusa la mantuvo hasta principios del siglo XXI, cuando las favorables relaciones ruso-estadounidenses llevaron a Moscú a cerrarla.

 

Si bien es cierto que desde algunos sectores rusos se ha desmentido esa posibilidad, el empeoramiento de las relaciones entre Washington y Moscú como así el mal estado de la economía de la isla (el precio del principal producto de exportación de la isla, el zinc, ha caído significativamente) podrían inclinar las decisiones hacia aquellos sectores de Rusia que defienden una política más desafiante de afirmación de intereses a escala global.

 

Más todavía, en lo que sin duda implicaría subir un peligroso escalón en el contexto de deterioro ruso-estadounidense, con el fin de amplificar la proyección estratégico-militar y equilibrar el despliegue misilístico de Occidente en Europa central, Moscú habría evaluado instalar misiles en la isla.

 

Mientras las relaciones entre Rusia y Occidente continúen agravándose, en buena medida debido a la obstinación y carencia de realismo del segundo en asediar a Rusia hasta los extremos, la posibilidad de instalar bases rusas navales, aéreas o bien, al “modo chino”, “almacenes militares” en otros países de América Latina, por caso, Nicaragua, Bolivia, etc., podría hacerse realidad.

 

En breve, la expansión de lazos entre Rusia y América Latina se explica desde la lógica propia de la necesaria multiplicación de relaciones comerciales entre Estados; sin embargo, otras lógicas también explican dicha expansión, siendo la búsqueda de un balance o reparación estratégica por parte de Rusia frente a Occidente vía una mayor proyección de poder y capacidades una de las que más ayudan a comprender las relaciones rusa-latinoamericanas en el incierto curso del orden interestatal actual.

 

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